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Lacan, J. - La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis




Situación del tiempo y lugar de este ejercicio 


En estos días en que Viena, por hacerse escuchar de nuevo por la voz de la Opera, reanuda en una variante patética lo que fue su misión de siempre en un punto de convergencia cultural del que ella supo hacer el concierto, me parece que no está desplazado evocar la elección por la cual permanecerá ligada, esta vez para siempre, a una revolución del conocimiento a la medida del nombre de Copérnico: entiéndase el lugar eterno del descubrimiento de Freud, si se puede decir que gracias a éI el centro verdadero del ser humano no está ya en el mismo lugar que le asignaba toda una tradición humanista.


Sin duda incluso para los profetas ante quienes su país no fue totalmente sordo, debe venir un momento en que se observa en ellos su eclipse, aunque fuese después de su muerte. Al extranjero le cuadra alguna reserva en cuanto a las fuerzas que ponen en juego tal efecto de fase.

Por eso el retorno a Freud del que me hago aquí nuncio se sitúa en otro sitio: allí donde lo reclama suficientemente el escándalo simbólico que el doctor Alfred Winterstein, aquí presente, supo, como presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, señalar cuando se consumaba, o sea en la inauguración de la placa memorial que designa la casa donde Freud elaboró su obra heroica, y que no consiste en que ese monumento no haya sido dedicado a Freud por sus conciudadanos, sino en que no se deba a la asociación internacional de los que viven de su padrinazgo.

Falla sintomática, porque traiciona una renegación que no viene de esta tierra donde Freud debido a su tradición no fue más que un huésped de paso, sino del campo mismo cuyo cuidado nos ha legado y de aquellos a quienes confió su custodia, quiero decir del movimiento del psicoanálisis donde las cosas, han llegado hasta el punto de que la consigna de un retorno a Freud significa una inversión.

Muchas contingencias se han anudado en esta historia, desde que el primer sonido del mensaje freudiano resonó con sus ecos en la campana vienesa para extender a lo lejos sus ondas. Estas parecieron ahogarse en los sordos desmoronamientos del primer conflicto mundial. Su propagación se reanudó con la inmensa desgarradura humana en que se fomentó el segundo, y que fue su más poderoso vehículo. Campanadas del odio y tumuIto de la discordia, soplo pánico de la guerra, sobre estos lados nos llegó la voz de Freud, mientras veíamos pasar la diáspora de los que eran sus portadores y en los que no por azar ponía su mira la persecución. Este impulso sólo debía detenerse en los confines de nuestro mundo, para repercutirse allí donde no es justo decir que la historia pierde su sentido puesto que es donde encuentra su límite; allí donde sería incluso erróneo creer que la historia está ausente, puesto que, anudada ya sobre varios siglos, no adquiere sino peso por el abismo que dibuja su horizonte demasiado corto; pero donde es negada en una voluntad categórica que da su estilo a las empresas: anhistorismo de cultura propio a los Estados Unidos de Norteamérica.
Este anhistorismo es el que define la asimilación requerida para ser reconocido en la sociedad constituida por esta cultura, Era a su intimación a la que tenía que responder un grupo de emigrantes que, para hacerle reconocer, no podían hacer valer sino su diferencia, pero cuya función suponía la historia en su principio, ya que su disciplina era la que había restablecido el puente que une al hombre moderno con los mitos antiguos. La coyuntura era demasiado fuerte, la ocasión demasiado seductora para no ceder a la tentación ofrecida: abandonar el principio para hacer reposar la función sobre la diferencia. Entendamos bien la naturaleza de esta tentación. No es la de la facilidad ni la del beneficio. Sin duda es más fácil borrar los principios de una doctrina que los estigmas de una proveniencia, más provechoso someter la función propia a la demanda; pero aquí reducir su función a su diferencia es ceder a un espejismo interno a la función misma, el que la funda sobre esta diferencia. Es regresar al principio reaccionario que recubre la dualidad del qué sufre y del que cura, con la oposición del que sabe con el que ignora. ¿Cómo no pedir disculpas por considerar esta oposición como verdadera cuando es real, como no deslizarse desde ahí hasta convertirse en los managers de las almas en un contexto social que requiere su oficio? El más corruptor de los conforts es el confort intelectual, del mismo modo que la peor corrupción es la del mejor.

Así es como la frase de Freud a Jung, de cuya boca la conozco, cuando, invitados los dos en la Clark University, tuvieron a la vista el puerto de Nueva York y la célebre estatua que alumbra al universo: "No saben que les traemos la peste", le es enviada de rebote como sanción de una hybris cuyo turbio resplandor no apagan la antífrasis y su negrura La Némesis, para agarrar en la trampa a su autor, sólo tuvo que tomarle la palabra. Podríamos temer que hubiese añadido un billete de regreso en primera clase,

En verdad, si tal cosa sucedió, sólo a nosotros mismos tenemos que reprochárnoslo. Porque Europa parece mas bien haberse sustraído a la preocupación lo mismo que al estilo, si no a la memoria, de los que salieron de ella, con la represión de sus malos recuerdos.

No los compadeceremos a ustedes por este olvido, si nos deja más libertad para presentarles el designio de un retorno a Freud, tal como algunos se lo proponen en la enseñanza de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis. No se trata para nosotros de un retorno de lo reprimido, sino de apoyarnos en la antítesis que constituye la fase recorrida desde la muerte de Freud en el movimiento psicoanalítico, para demostrar lo que el psicoanálisis no es, y buscar junto con ustedes el medio de volver a poner en vigor lo que no ha dejado nunca de sostenerlo en su desviación misma, a saber el sentido primero que Freud preservaba en éI por su sola presencia y que se trata aquí de explicitar.

¿Cómo podría faltarnos ese sentido cuando nos está atestiguado en la obra más clara y más orgánica que existe? ¿Y como podría dejarnos vacilantes cuando el estudio de esta obra nos muestra que sus etapas y sus virajes están gobernados por la preocupación, inflexiblemente eficaz en Freud, de mantenerlo en su rigor primero?
Textos que se muestran comparables a aquellos mismos que la veneración humana ha revestido en otro tiempo de los más altos atributos, por el hecho de que soportan la prueba de esa disciplina del comentario, cuya virtud se redescubre al servirse de ella según la tradición, no sólo para volver a situar una palabra en el contexto de su tiempo, sino para medir si la respuesta que aporta a las preguntas que plantea ha sido o no rebasada por la respuesta que se encuentra en ella a las preguntas de lo actual.
¿Acaso les revelaré algo nuevo si les digo que esos textos a los que consagro desde hace cuatro años un seminario de dos horas todos los miércoles de noviembre a julio, sin haber puesto en obra hasta ahora más de una cuarta parte, suponiendo que mi comentario implique la totalidad, nos han dado, a mí como a los que me siguen, la sorpresa de verdaderos descubrimientos? estos van desde conceptos que han permanecido inexplotados hasta detalles clínicos abandonados al hallazgo de nuestra exploración, y que dan testimonio de cómo el campo que Freud experimentó rebasaba las avenidas que se encargó de disponer en él para nosotros, y hasta qué punto su observación, que produce a veces la impresión de ser exhaustiva, estaba poco sometida a lo que tenía que demostrar. ¿Quién no se ha sentido conmovido, entre los técnicos de disciplinas extrañas al análisis a los que conduje a leer estos textos, de esta búsqueda en acción: ya sea la que nos hace seguir en la Traumdeutung, en la observación del Hombre de los lobos o en Más allá del principio del placer ¡Qué ejercicio para formar espíritus, y qué mensaje para prestarle la propia voz! Qué control también del valor metódico de esa formación y del efecto de verdad de ese mensaje, cuando los alumnos a quienes lo transmite uno aportan el testimonio de una transformación, acaecida en ocasiones de la noche a la mañana, de su práctica, que se hace más simple y más eficaz antes aun de hacérselas más transparente. No podría darles a ustedes cuenta extensamente de este trabajo en la charla que debo a la amabilidad del señor profesor Hoff el poder dirigir a ustedes en este lugar de alta memoria, a la concordancia de mis puntos de vista con los del doctor Dozent Arnold el haber tenido la idea de presentarla ahora ante ustedes, a mis relaciones excelentes y ya de larga fecha con el señor Igor Caruso el saber qué acogida encontraría en Viena.

Pero no puedo olvidar tampoco a los oyentes que debo a la complacencia del señor Susini, director de nuestro Instituto francés de Viena. Y por eso en el momento de llegar al sentido de ese retorno a Freud del que hago profesión aquí, tengo que preguntarme si, aunque menos preparados a escucharme que los especialistas no corro aquí el riesgo de decepcionarlos.

Estoy seguro aquí de mi respuesta: -No en, absoluto, si lo que voy a decir es efectivamente lo que debe ser. El sentido de un retorno a Freud es un retorno al sentido de Freud. Y el sentido de lo que dijo Freud puede comunicarse a cualquiera porque, incluso dirigido a todos, cada uno se interesará en él: bastará una palabra para hacerlo sentir, el descubrimiento de Freud pone en tela de juicio la verdad, y no hay nadie a quien la verdad no le incumba personalmente.

Confesarán ustedes que es una idea bastante extraña la de espetarles esta palabra que suele considerarse casi de mala fama, proscrita de las buenas compañías. Pregunto sin embargo si no está inscrita en el corazón mismo de la práctica analítica, ya que ésta vuelve a ser constantemente el descubrimiento del poder de la verdad en nosotros y hasta en nuestra carne.

¿Por qué, en efecto, sería el inconsciente más digno de ser reconocido que las defensas que se oponen a él en el sujeto con un éxito que las hace aparecer no menos reales? No reanudo aquí el comercio de la pacotilla nietzscheana de la mentira de la vida, ni me maravillo de que se crea creer, ni acepto que baste tener buena voluntad para querer. Pero pregunto de dónde proviene esa paz que se establece al reconocer la tendencia inconsciente, si no es más verdadera que lo que la constreñía en el conflicto. Y no es que esta paz desde hace algún tiempo no se revele pronto como una paz fracasada, puesto que no contentos con haber reconocido como inconscientes las defensas que deben atribuirse al yo, los psicoanalistas identifican cada vez más sus mecanismos -desplazamiento en cuanto al objeto, inversión contra el sujeto, regresión de la forma- a la dinámica misma que Freud había analizado en la tendencia, la cual parece así continuarse en ella salvo por un cambio de signo ¿no se llega al colmo cuando se admite que la pulsión misma pueda ser llevada por la defensa a la conciencia para evitar que el sujeto se reconozca en ella?

Y aun así utilizo, para traducir la exposición de esos misterios en un discurso coherente, palabras que a pesar mío restablecen en el la dualidad que las sostiene. Pero no es que los árboles de la marcha técnica escondan la selva de la teoría lo que deploro, es que nos falte tan poco para creernos en el bosque de Bondy, exactamente lo que se esquiva detrás de cada árbol, que debe de haber árboles mas verdaderos que los otros, o, si lo prefieren ustedes, que todos los árboles no son bandidos A falta de lo cual preguntaría uno dónde están los bandidos que no son árboles. Así pues ese poco en que se decide todo en este caso merece tal vez que nos expliquemos sobre ello. Esa verdad sín la cual ya no hay modo de discernir el rostro de la máscara, y fuera de la cual parece no haber más monstruo que el laberinto mismo, ¿cuál es?  Dicho de otra manera, ¿en qué se distínguen entre sí en verdad, si son todos de una igual realidad?

Aquí se adelantan los gruesos zuecos para calzar las patas de paloma sobre las cuales, como es sabido, camina la verdad, y engullirse ocasionalmente al pájaro mismo: nuestro criterio, exclaman, es simplemente económico, no ideólogo. Todos los arreglos de la realidad no son igualmente económicos. Pero en el punto a que ha llegado ya la verdad, el pájaro escapa y sale indemne con nuestra pregunta: -¿Económicos para quién?

Esta vez el asunto va demasiado lejos. El adversario se mofa: "Ya se ve lo que pasa. Al señor le da por la filosofía. Dentro de poco, entrada de Platón y de Hegel. Esas firmas nos bastan, Lo que avalan bien puede echarse a perros, y aun suponiendo que, como dijo usted eso Ie incumba a todo el mundo, no interesa a los especialistas que somos. Ni siquiera hay dónde clasificarlo en nuestra documentación."

Pensarán ustedes que me burlo en este discurso. De ninguna manera: lo suscribo.

Si Freud no ha aportado otra cosa al conocimiento del hombre sino esa verdad de que hay algo verdadero, no hay descubrimiento freudiano. Freud se sitúa entonces en el linaje de los moralistas en quienes se encarna una tradición de análisis humanista, v;ía láctea en el cielo de la cultura europea donde Baltasar Gracián y La Rochefoucauld representan estrellas de primera magnitud y Nietzsche una nova tan fulgurante como rápidamente vuelta a las tinieblas. Ultimo en llegar entre ellos y como ellos estimulado sin duda por una preocupación propiamente cristiana de la autenticidad del movimiento del alma, Freud supo precipitar toda una casuística en una "carte du Tendre" en la que no viene a cuento una orientación para los oficios a que se la destina. Su objetividad está en efecto estrechamente ligada a la situación analítica, la cual entre los cuatro muros que limitan su campo puede muy bien prescindir de que, se sepa dónde está el norte, puesto que se confunde con el eje largo del diván, al que se considera dirigido hacia la persona del analista El psicoanálisis es la ciencia de los espejismos que se establecen en este campo. Experiencia única, por lo demás bastante abyecta, pero que no podría recomendarse demasiado a los que quieren introducirse en el principio de las locuras del hombre, porque, mostrándose emparentada con toda una gama de enajenaciones, las ilumina.

Este lenguaje es moderado, no soy yo quien lo inventa. Ha podido escucharse a un celoso defensor de un psicoanálisis pretendidamente clásico definirlo como una experiencia cuyo privilegio está estrictamente ligado con las formas que regulan su práctica y que no podrían cambiarse en una sola línea, porque, obtenidas por un milagro del azar, detentan la entrada a una realidad trascendente a los aspectos de la historia, y donde el gusto del orden y el amor de lo bello por ejemplo tienen tu fundamento permanente, a saber: los objetos de la relación preedípica, mierda y cuernos en el culo.

Esta posición no podria refutarse, puesto que las reglas se justifican en ella por sus resultados, los cuales son considerados como prueba de lo bien fundado de las reglas. Sin embargo nuestras preguntas se ponen a pulular una vez más. ¿Cómo se ha producido este prodigioso azar? ¿De dónde viene esa contradicción entre el merequetengue preedípico al que se reduce la relación analítica para nuestros modernos, y el hecho de que Freud no se sintiera satisfecho hasta haberla reducido a la posición del Edipo? ¿Cómo puede la especie de auscultación en estufa a que se confina este new look de la experiencia ser el último término de un progreso que parecía al principio abrir vías multiplicadas entre todos los campos de la creación -o la misma pregunta enunciada al revés? Si los objetos detectados de esta fermentación electiva han sido así descubiertos por otra vía que la psicología experimental, ¿se halla ésta habilitada para volverlos a encontrar con sus procedimientos?

Las respuestas que obtendremos de los interesados no dejan ninguna duda. El motor de la experiencia, incluso motivado en sus términos, no podría ser únicamente esa verdad de espejismo que se reduce al espejismo de la verdad. Todo partió de una verdad particular, de un develamiento que hizo que la realidad no sea ya para nosotros tal como era antes, y esto es lo que sigue colgando de lo vivo de las cosas humanas la cacofonía insensata de la teoría, como también impidiendo a la práctica degradarse al nivel de los desdichados que no logran salir de ella (entiéndase que empleo este término para excluir a los cínicos).

Una verdad, si hay que decirlo, no es fácil de reconocer después de que ha sido recibida una vez. No es que no haya verdades establecidas, pero se confunden entonces tan fácilmente con la realidad que las rodea, que para distinguirlas de ella durante mucho tiempo no se encontró otro artificio sino el de marcarlas con el signo del espíritu, y para rendirles homenaje, considerar Ias llegadas de otro mundo. No basta con atribuír a una especie de enceguecimiento del hombre el hecho de que la verdad no sea nunca para él tan hermosa muchacha como en el momento en que la luz elevada por su brazo en el emblema proverbial la sorprende desnuda. Y hay que hacerse un poco el tonto para fingir no saber nada de lo que sucede después. Pero la estupidez sigue siendo de una franqueza taurina al preguntarse dónde podría pues buscársela antes, ya que el emblema ayuda poco a indicar el pozo, lugar mal visto e incluso maloliente, más bien que el estuche en que toda forma preciosa debe conservarse intacta.

Lacan, J. - Función y campo de la palabra y del lenguaje: palabra vacía y palabra plena




La palabra del paciente, toda palabra llama a una respuesta. No hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra mas que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y  éste es el meollo de su función en el análisis.
La palabra vacía muestra que es mucho mas frustrante que el silencio.
Lacan llamará al psicoanalista, practicante de la función simbólica, cuyas fuentes subjetivas se encuentran en una connotación vocálica de la presencia y de la ausencia.

Este practicante es el que vuelve a traer la experiencia psicoanalítica a la palabra y al lenguaje para lograr una eficacia en la interpretación.   Se tratará  de restituir a la palabra su pleno valor de evocación pues la función del lenguaje no es informar, sino evocar. La acción analítica no tiene otro fin que el advenimiento de una palabra verdadera y la realización por el sujeto de su historia en su relación con el futuro. Distingue también el registro del yo del registro del sujeto afirmando que no hay que confundir al yo del sujeto con la presencia que nos habla para distinguir, entonces, la palabra plena de la palabra vacía. En la medida en que el yo está también formado de palabras es necesario saber por quién y para quién el sujeto plantea su pregunta. “El arte del analista debe ser el de suspender las certidumbres del sujeto hasta que se consuman sus últimos espejismos. Y es en el discurso donde debe escandirse su resolución”.
La posición subjetiva del ser depende de una pregunta que la estructura. El orden de la pregunta pertenece al eje simbólico pero se encarna en el eje imaginario. Como dijimos al principio de nuestro texto, esa pregunta para la histeria será ¿soy hombre o mujer? dirigida a la otra mujer; para la obsesión será ¿estoy vivo o muerto? arrastrando “en la jaula de su narcisismo los objetos en que su pregunta repercute, en la coartada multiplicada de figuras mortales”.

Hay que recordar que la neurosis obsesiva es una enfermedad moral donde el sujeto se reprocha su cobardía y tiene ideas mortificantes de culpa y deuda. Para poder ayudar a un obsesivo a salir de las aporías de su fantasma se necesita saber cuál es la problemática ética que está en juego en el deseo como imposible.
En la histeria la división del sujeto está más acentuada en su falta en ser o alienación al deseo del Otro. En la obsesión el sujeto puede llegar a resignar todo contacto con el otro en un aislamiento absoluto para defenderse del deseo, sumido en sus rumiaciones y denegando la división subjetiva que produce el inconsciente. Esto puede manifestarse en formaciones reactivas, como por ejemplo, frente a un impulso asesino la contrapartida de una exagerada compasión por los seres vivos.

En cuanto a la subjetivación forzada de la deuda o trance obsesivo, se hace necesario ubicarla en el orden simbólico porque allí está en juego el deseo y la ley, lo prohibido y lo permitido, el goce y su legitimación. La deuda simbólica, de la que el sujeto es responsable como sujeto de la palabra, es una hiancia imposible de colmar y sus efectos se observan en la subjetivación forzada con síntomas, inhibiciones y angustia. El deseo aparece como deseo ilegítimo o deseo de contrabando.
En el campo del Otro cada sujeto formula una reivindicación de su derecho al goce vinculada a la deuda. Lacan llegará a ubicar la posición masculina como cuenta deudora: tiene derecho al falo pero no sin contraer una deuda; y la posición femenina como de reivindicación fálica o de crédito impugnado.
El problema del goce tanto en la neurosis como en la perversión tiene dos ejes: el fálico y el pulsional. En la psicosis, por la forclusión del falo, el goce se hace presente como goce del Otro. En la histeria y en la obsesión la reivindicación del derecho al goce se sitúa con relación al falo porque es el significante del goce.

Lacan extrae de Hegel la fórmula del deseo como deseo del Otro. El deseo no es deseo de un objeto natural sino de reconocimiento. El sujeto trasciende del nivel animal al nivel humano como deseo, como falta y lo que falta es el reconocimiento del otro deseante. La duda y la procastinación, dos rasgos de carácter del obsesivo presentes en su fantasma imaginario, son explicados como consecuencia de la servidumbre del obsesivo al amo, colocándose a la vez como amo virtual, y de la dimensión de la espera de la muerte del Otro, único límite al goce que encuentra como defensa. Esta espera, ese suspenso, esa dificultad de elegir, la duda entre algo y su contrario son inherentes a la obsesión.
El analista, con un buen manejo de las sesiones breves, puede correr al obsesivo del trabajo forzado que se propone por sus resistencias, introduciendo así una mediación con la muerte.

Tanto en la neurosis histérica como en la obsesión el fantasma es una respuesta. En la histeria con relación al sexo y en la obsesión con relación a la existencia; de aquí que se pueda pensar con relación al engaño fantasmático que en la histeria se intenta engañar al deseo y en la obsesión se intenta engañar a la muerte.

El analista deberá operar para no quedar enredado en la retórica de estos síntomas, con la finalidad de devolver al sujeto la responsabilidad sobre su goce: cuando no anda y cuando vuelve a andar.

Lacan, J. - Intervención sobre la transferencia

Extraido de Escritos 1.
Conferencia pronunciada en el congreso llamado "De los psicoanalistas de lengua romance", en 1951.

Aquí estamos todavía en lo de amaestrar las orejas para eI término sujeto. El que nos da ocasión para ello permanecerá anónimo, lo cual nos ahorra tener que remitir a todos los pasajes en que nos distinguimos más, adelante.

La pregunta por parte de Freud el caso de Dora, si se la quisiera considerar como cerrada aquí, sería el beneficio neto de nuestro esfuerzo por abrir de nuevo el estudio de la transferencia al salir del informe presentado bajo este título por Daniel Lagache, donde la idea nueva era dar cuenta de ella por el efecto Zeigarnik. Era una idea bien a propósito para gustar en un tiempo en que eI psicoanálisis parecía escaso de coartadas.

Habiéndose permitido eI colega no nombrado replicar al autor del informe que también la transferencia podría ser invocada en ese efecto, creímos encontrar en ello ocasión favorable para hablar de psicoanálisis.

Hemos tenido que recortar algo, puesto que también nos adelantábamos aquí mucho sobre lo que hemos podido, en cuanto a la transferencia, enunciar desde entonces (1966).

Nuestro colega B. .., por su observación de que el efecto Zeigarnik parecería depender de la transferencia más de lo que la determina, ha introducido lo que podríamos llamar los hechos de resistencia en la experiencia psicotécnica. Su alcance consiste en poner en valor la primacía de la relación de sujeto a sujeto en todas las reacciones del individuo en cuanto que son humanas, y la dominancia de esta relación en toda puesta a prueba de las disposiciones individuales, ya se trate de una prueba definida por las condiciones de una tarea o de una situación.

Por lo que hace a la experiencia psicoanalítica debe comprenderse que se desarrolla entera en esa relación de sujeto a sujeto dando a entender con ello que conserva una dimensión irreductible a toda psicología considerada como una objetivación de ciertas propiedades del individuo.

En un psicoanálisis, en efecto, el sujeto, hablando con propiedad, se constituye por un discurso donde la mera presencia del psicoanalista aporta antes de toda intervención, la dimensión del diálogo.

Por mucha irresponsabilidad, incluso por mucha incoherencia que las convenciones de la regla vengan a dar al principio de este discurso, es claro que esto no son sino artificios de hidráulico (ver observación de Dora) con el fin de asegurar el paso de ciertos diques, y que su curso debe proseguirse según las leyes de una gravitación que le es propia y que se llama la verdad. Es éste en efecto el nombre de ese movimiento ideal que el discurso introduce en la realidad. En una palabra, el psicoanálisis es una experiencia dialéctica, y esta noción debe prevalecer cuando se plantea la cuestión de la naturaleza de la transferencia.

Prosiguiendo mi asunto, en este sentido no tendré otro designio que el de mostrar por un ejemplo a que clase de proposiciones se podría llegar. Pero me permitiré primero algunas observaciones que me parecen urgentes para la dirección presente de nuestros esfuerzos de elaboración teórica, y en la medida en que interesan las responsabilidades que nos confiere el momento de la historia que vivimos, no menos que la tradición cuya custodia nos está confiada.

Que encarar con nosotros el psicoanálisis como dialéctica debe presentarse como una orientación propia de nuestra reflexión, ¿no podemos ver en ello algún desconocimiento de un dato inmediato, incluso del hecho de sentido común de que en éI no se hace uso sino de palabras -y reconocer, en la atención privilegiada concedida a la función de los rasgos mudos del comportamiento en la maniobra psicológica, una preferencia del análisis por un punto de vista en que el sujeto no es ya sino objeto? Si hay en efecto desconocimiento, debemos interrogarlo según los métodos que emplearíamos en todo caso semejante.

Es sabido que yo me inclino a pensar que en el momento en que la psicología, y con ella todas las ciencias del hombre, han sufrido, aunque sea contra su voluntad o incluso sin saberlo, un profundo reajuste de sus puntos de vista por las nociones nacidas del psicoanálisis, parece producirse entre los psicoanalistas un movimiento inverso que yo expresaría en los siguientes términos.

Si Freud tomó la responsabilidad -contra Hesíodo, para quien las enfermedades enviadas por Zeus avanzan hacia los hombres en silencio- de mostrarnos que hay enfermedades que hablan y de hacernos entender la verdad de lo que dicen, parece que esta verdad, a medida que se nos presenta más claramente su relación con un momento de la historia y con una crisis de las instituciones, inspira un temor creciente a los practicantes que perpetúan su técnica.

Los vemos pues, bajo toda clase de formas que van desde el pietismo hasta los ideales de la eficiencia mas vulgar, pasando por la gama de propedéuticas naturalistas, refugiarse bajo el ala de un psicologismo que, cosificando al ser humano, llegaría a desaguisados al lado de los cuales los del cientificismo físico no serían sino bagatelas.

Pues debido precisamente al poder de los resortes manifestados por el análisis, no será nada menos que un nuevo tipo de enajenación del hombre el que pasará a la realidad, tanto por el esfuerzo de una creencia colectiva como por la acción de selección de técnicas que tendrían todo el alcance formativo propio de los ritos: en suma un homo psychologicus cuyo peligro denuncio.

Planteo a propósito de éI la cuestión de saber si nos dejaremos fascinar por su fabricación o si, volviendo a pensar la obra de Freud, no podremos volver a encontrar el sentido auténtico de su iniciativa y el medio de mantener su valor saludable.

Quiero precisar aquí, si es que hay necesidad de ello, que estas preguntas no van dirigidas para nada a un trabajo como el de nuestro amigo Lagache: prudencia en el método, escrúpuIo en el proceso, abertura en las conclusiones, todo aquí nos da ejemplo de la distancia mantenida entre nuestra praxis y la psicología. Fundaré mi demostración en el caso de Dora, por representar en la experiencia todavía nueva de la transferencia el primero en que Freud reconoce que el análisis tiene en ella su parte.

Es notable que nadie hasta ahora haya subrayado que el caso de Dora es expuesto por Freud bajo la forma de una serie de inversiones dialécticas. No se trata de un artificio de ordenamiento para un material acerca del cual Freud formula aquí de manera decisiva que su aparición queda abandonada al capricho del paciente. Se trata de una escansión de las estructuras en que se transmita para el sujeto la verdad, y que no tocan solamente a su comprensión de las cosas, sino a su posición misma en cuanto sujeto del que los "objetos" son función. Es decir que el concepto de la exposición es idéntico al progreso del sujeto, o sea a la realidad de la curación.

Ahora bien, es la primera vez que Freud da el concepto del obstáculo contra el que ha venido a estrellarse el análisis bajo el término de transferencia. Esto por sí solo da cuando menos su valor de vuelta a las fuentes al examen que emprendemos de las relaciones dialécticas que constituyeron el momento del fracaso. Por donde vamos a intentar definir en términos de pura dialéctica la transferencia de la que se dice que es negativa en el sujeto, así como la operación del analista que la interpreta.

Tendremos qué pasar sin embargo por todas las fases que llevaron a ese momento, como también perfilarlo sobre las anticipaciones problemáticas que, en los datos del caso, nos indican dónde hubiera podido encontrar su resolución lograda. Encontramos así:

Un primer desarrollo, ejemplar por cuanto somos arrastrados de golpe al plano de la afirmación de la verdad. En efecto, después de una primera puesta a prueba de Freud: ¿irá a mostrarse tan hipócrita como el personaje paterno?, Dora se adentra en su requisitoria, abriendo un expediente de recuerdos cuyo rigor contrasta con la imprecisión biográfica propia de la neurosis. La señora K... y su padre son amantes desde hace tantos y tantos años y lo disimulan bajo ficciones a veces ridículas. Pero el colmo es que de este modo ella queda entregada sin defensa a los galanteos del señor K... ante los cuales su padre hace la vista gorda, convirtiéndola así en objeto de un odioso cambalache.

Freud es demasiado avezado en la constancia de la mentira sociaI para haberse dejado engañar, incluso de labios de un hombre que en su opinión le debe una confianza total. No le ha sido pues difícil apartar del espíritu de su paciente toda imputación de complacencia para con esa mentira Pero al final de ese desarrollo se encuentra colocado frente a la pregunta, por lo demás de un tipo clásico en los comienzos del tratamiento: "Esos hechos están ahí, proceden de Ia realidad y no de mí, ¿Qué quiere usted cambiar en ellos?" A lo cual Freud responde por:

Una primera inversión dialéctica que no tiene nada que envidiar al análisis hegeliano de la reivindicación del "alma bella" la que se rebela contra el mundo en nombre de la ley del corazón: "mira, le dice, cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas". Y aparece entonces:

Un segundo desarrollo de la verdad: a saber que no es sólo por el silencio, sino gracias a la complicidad de Dora misma, mas aun: bajo su protección vigilante, como pudo durar la ficción que permitió prolongarse a la relación de los dos amantes.

Aquí no sólo se ve la participación de Dora en la corte que le hace el señor K..., sino que sus relaciones con los otros participantes en la cuadrilla reciben una nueva luz por incluirse en una sutil circulción de regalos preciosos, rescate de Ias carencias de prestaciones sexuales, la cual, partiendo de su padre hacia la señora X..., retorna a la paciente por las disponibilidades que libera en el señor B..., sin perjuicio de las munificencias que le vienen directamenre de la fuente primera, bajo la forma de los dones paralelos en que el burgés encuentra clásicamente la especie de prenda mas apropiada para unir a la reparación debida a la mujer legítima el cuidado del patrimonio (observemos que la presencia del personaje de la esposa se reduœ aquí a este enganchamiento lateral a la cadena de los intercambios).

Al mismo tiempo, la relación edípica se revela constituida en Dora por una identificación al padre, que ha favorecido la impotencia sexual de éste, experimentada además por Dora como idéntica a la prevalencia de su posición de fortuna: esto traicionado por la alusión inconsciente que le permite la semántica de la palabra fortuna en alemán: Vermögen. Esta identificación se transparenta en efecto en todos los síntomas de conversión presentados por Dora, y su descubrimiento inicia el levantamiento de muchos de éstos.

La pregunta se convierte pues en ésta: ¿qué significan sobre esta base los celos súbitamente manifestados por Dora ante la relación amorosa de su padre? Estos por presentarse bajo una forma tan preponderante, requieren una explicación que rebasa sus motivos (p 50). Aquí se sitúa:

La segunda inversión dialética, que Freud opera con la observación de que no es aquí el objeto pretendido de los celos el que da su verdadero motivo, uno que enmascara un interés hacia la persona del objeto-rival, interés cuya naturaleza mucho menos asimilable al discurso común no puede expresarse en él sino bajo su forma invertida de donde surge:

Un tercer desarrollo de la verdad: Ia atracción fascinada de Dora. hacia la señora K ("su cuerpo blanquísimo"), las confidencias que recibe hasta un punto que quedará sin sondear sobre el estado de sus relaciones con su marido, el hecho patente de sus intercambios de buenos procedimientos como mutuas embajadoras de sus deseos respectivos ante el padre de Dora.

Freud percibió la pregunta a la que llevaba este nuevo desarrollo.

Si ésta es pues la mujer cuya desposesión experimenta usted tan amargamente, ¿cómo no le tiene rencor por la redoblada traición de que sea de ella de quien partieron esas imputaciones de intriga y de perversidad que todos comparten ahora para acusarla a usted de embuste? ¿Cual es el motivo de esa lealtad que la lleva a guardarle el secreto úItimo de sus relaciones? (a saber la iniciación sexual, rastreable ya en las acusadores mismas de la señora K ) Con este secreto seremos llevados en efecto:

A la tercera inversión dialéctica, la que nos daría el valor real del objeto que es la señora K para Dora. Es decir no un individuo, sino un misterio, el misterio de su propia femineidad, queremos decir de su femineidad corporal, tal como aparece sin velos en el segundo de los dos sueños cuyo estudio forma la segunda parte de la exposición del caso Dora, sueños a los cuales rogamos remitirse para ver hasta que punto su interpretación se simplifica con nuestro comentario

Ya a nuestro alcance nos aparece el mojón alrededor del cual debe girar nuestro carro para invertir una última vez su carrera. Es aquella imagen, la más lejana que alcanza Dora de su primera infancia (en una observación de Freud, incluso como ésta interrumpida, ¿no le han caído siempre entre las manos todas las claves?): es Dora, probablemente todavía infans, chupandose el pulgar izquierdo, al tiempo que con la mano derecha tironea la oreja de su hermano, un año y medio mayor que ella.

Parece que tuviésemos aquí la matriz imaginaria en la que han venido a vaciarse todas las situaciones que Dora ha desarrollado en su vida; verdadera ilustración de la teoría, todavía por nacer en Freud, de los automatismos de repetición. Podemos tomar con ella la medida de lo que significan ahora para ella la mujer y el hombre.

La mujer es el objeto imposible de desprender de un primitivo deseo oral en el que sin embargo es preciso que aprenda a reconocer su propia naturaleza genital. (Se asombra uno aquí de que Freud no vea que la determinación de la afonía durante las, ausencias del señor K. . . (p. 36) expresa el violento llamado de la pulsión erótica oral en eI encuentro a solas con la señora K..., sin que haya necesidad de invocar la percepción de la fellatio sufrida por el padre (p. 44), cuando cada quien sabe que el "cunnilingus" es el artificio más comúnmente adoptado por los "señores con fortuna" a quienes empiezan a abandonarle sus fuerzas.) Para tener acceso a este reconocimiento de su femineidad, le sería necesario realizar la asunción de su propio cuerpo a falta de la cual permanece abierta a la fragmentación funcional (para referirnos al aporte teórico del estadio del espejo), que constituye los síntomas de conversión.

Pero para realizar la condición de este acceso, no ha contado sino con el único expediente que, según nos muestra la imagen original, le ofrece una apertura hacia el objeto, a saber el compañero masculino al cual la diferencia de edades le permite identificarse en esa enajenación primordial en la que el sujeto se reconoce como yo [je].. .

Asi pues Dora se ha identificado al señor K. . . como está identificándose a Freud mismo (el hecho de que fuese el despertar del sueño "de transferencia" cuando percibió el olor de humo que pertenece a los dos hombres no indica, como dijo Freud, p. 67 que se tratase de alguna identificaón mas reprimida, sino más bien que esa alucinación correspondía al estadio crepuscular del retorno al yo). Y todas sus relaciones con los dos hombres manifiestan esa agresividad en la que vemos la dimensión propia de la enajenación narcisista

Sigue pues siendo cierto, como piensa Freud, que el retorno a la reivindicación pasional para con el padre representa una regresión en comparación con las relaciones esbozadas con el señor K.

Pero ese homenaje del que Freud entrevé el poder saludable para Dora no podría ser recibido por ella como manifestación del deseo sino a condición de que se aceptase a sí misma como objeto del deseo, es decir después que hubiese agotado el sentido de lo que busca en la señora K..

lgual que para toda mujer y por razones que están en el fundamento mismo de los intercambios sociales más elementales (aquellos mismos que Dora formula en las quejas de su rebeldía), el problema de su condición es en el fondo aceptarse como objeto del deseo del hombre, y es éste para Dora el misterio que motiva su idolatría hacia la señora K , así como en su larga meditación ante la Madonna y su recurso al adorador lejano, la empuja hacia la solución que el cristianismo ha dado a este callejón sin salida subjetivo, haciendo de la mujer objeto de un deseo divino o un objeto trascendente del deseo, lo que viene a ser lo mismo

Si Freud en una tercera inversión dialéctica hubiese pues orientado a Dora hacia el reconocimiento de lo que era para ella la señora K ., obteniendo la confesión de los últimos secretos de su relación con ella, ¿qué prestigio no habría ganado él mismo (no hacemos sino tocar aquí la cuestión del sentido de la transferencia positiva), abriendo así el camino al reconocimiento del objeto viril? Esta no es mi opinión, sino la de Freud (p 107)

Pero el hecho de que su falla fuese fatal para el tratamiento, lo atribuye a la acción de la transferencia (pág. 103-107), al error que le hizo posponer su interpretación (p 106) siendo así que, como pudo comprobarlo posteriormente, sólo tenía dos horas por delante para evitar sus efectos (p 106).

Pero cada vez que vuelve a invocar esa explicación, que tomará el desarrollo que todos saben en la doctrina, una nota a pie de página viene a añadir un recurso a su insuficiente apreciación del nexo homosexual que unía a Dora con la señora K. .

¿Qué significa esto sino que la segunda razón no se le aparece como la primera de derecho sino en 1923, mientras que la primera en orden dio sus frutos en su pensamiento a partir de 1905, fecha de publicación del caso Dora?

En cuanto a nosotros, ¿qué partido tomar? Creerle ciertamente por las dos razones y tratar de captar lo que pueda deducirse de su síntesis.

Se encuentra entonces esto. Freud confiesa que durante mucho tiempo no pudo encontrarse con esa tendencia homosexual (que sin embargo nos dice eso tan constante en los histéricos que no se podría en ellos exagerar su papel subjetivo) sin caer en un desaliento (p. 107, n.), que le hacía incapaz de actuar sobre este punto de manera satisfactoria.

Esto proviene, diremos nosotros, de un prejuicio, aquel mismo que falsea en su comienzo la concepción del complejo de Edipo haciéndolo considerar como natural y no como normativa la prevalencia del personaje paterno: es el mismo que se expresa simplemente en el conocido estribillo: "Como el hilo es para la aguja, la muchacha es para el muchacho."

Freud tiene hacia el señor K. una simpatía que viene de lejos, puesto que fue él quien le trajo al padre de Dora (p.18), y que se expresa en numerosas apreciaciones (p.27 n.). Después del fracaso del tratamiento, se empeña en seguir soñando con una "victoria del amor" (p.99).

En lo que §e refiere a Dora, su participación personal en el interés que le inspira es confesada en muchos lugares de la observación. A decir verdad, le hace vibrar con un estremecimiento que, rebasando las digresiones teóricas, alza este texto, entre las monografías psicopatológicas que constituyen un género de nuestra literatura, al tono de una Princesa de Cleves presa de una mordaza infernal.

Es por haberse puesto un poco excesivamente en el Iugar del señor K... por lo que Freud esta vez no logró conmover al Aqueronte.

Freud en razón de su contratransferencia vuelve demasiado constantemente sobre el amor que el señor K... inspiraría a Dora, y es singular ver como interpreta siempre en el sentido de la confesión las respuestas sin embargo muy variadas que le opone Dora. La sesión en que cree haberla reducido a "no contradecirlo ya" (p.93) y al final de la cual cree poder expresarle su satisfacción, Dora la concluye en un tono bien diferente. "No veo que haya salido a luz nada de particular", dice, y es al principio de la próxima cuando se despedirá de él.

¿Qué sucedió pues en la escena de la declaración al borde del lago, que fue la catástrofe por donde Dora entró en la enfermedad, arrastrando a todo el mundo a reconocerla como enferma, lo cual responde irónicanente a su rechazo de proseguir su función de sostén para su común dolencia (no todos los "beneficios" de la neurosis son para el exclusivo provecho del neurótico)?

Basta como en toda interpretación válida con atenerse al texto para comprenderlo. El señor K... sólo tuvo tiempo de colocar algunas palabras, es cierto que fueron decisivas: "Mi mujer no es nada para mí" Y ya su hazaña recibía su justa recompensa: una soberbia bofetada, la misma cuyo contragolpe experimentará Dora mucho después del tratamiento en una neuralgia transitoria viene a indicar al torpe: "Si ella no es nada para usted, ¿qué es pues usted para mí?".

Y desde este momento ¿qué sería para ella ese fantoche que acaba sin embargo de romper el hechizo en que vive ella desde hace años?.

La fantasía latente de embarazo que seguirá a esta escena no es una objeción para nuestra interpretación: es notorio que se produce en las histéricas justamente en función de su identificación viril.

Por la misma trampa en la que se hunde en un desplazamiento mas insidioso. va a desaparecer Freud. Dora se aleja con la sonrisa de la Gioconda e incluso cuando reaparezca Freud no tendrá la ingenuidad de creer en una intención de regreso.

En ese momento ella ha logrado que todos reconozcan la verdad de la cual sin embargo ella sabe que no es, por muy verídica que sea, la verdad última, y habrá conseguido precipitar por el puro maná de su presencia al desdichado señor K... bajo las ruedas de un coche. La sedación de sus síntomas, obtenida en Ia segunda fase de su curación, se ha mantenido sin embargo. Así la detención del proceso dialéctico arroja como saldo un aparente retroceso, pero las posiciones reasumidas no pueden ser sostenidas sino por una afirmativa del yo, que puede ser considerada como un progreso.

¿Qué es finalmente esa transferencia de la que Freud dice en algún sitio que su trabajo se prosigue invisible detrás del progreso del tratamiento y cuyos efectos por lo demas "escapan a la demostración" (p.67)?" ¿No puede aquí considerársela como una entidad totalmente relativa a la contratransferencia definida como la suma de los prejuicios, de las pasiones, de las perplejidades, incluso de la insuficiente información del anaIista en tal momento del proceso dialéctico? ¿Nos lo dice Freud mismo (p.105) que Dora hubiera podido transferir sobre él al personaje paterno si éI hubiese sido lo bastante tonto como para creer en la versión de las cosas que le presentaba el padre?

Dicho de otra manera, la transferencia no es nada real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales constituye sus objetos.

¿Que es entonces interpretar la transferencia? No otra cosa que llenar con un engaño el vacío de ese punto muerto. Pero este engaño es útil, pues aunque falaz, vuelve a lanzar el proceso.

La negación con que Dora habría acogido la observación por parte de Freud de que ella le imputaba las mismas intenciones que había manifestado el señor K. . ., no hubiese cambiado nada al alcance de sus efectos. La oposición misma que habría engendrado habría orientado probablemente a Dora, a pesar de Freud, en la dirección favorable: la que la habría conocido al objeto de su interés real.

Y el hecho de haberse puesto en juego en persona como sustituto del señor K... habría preservado a Freud de insistir demasiado sobre el valor de las proposiciones de matrimonio de aquél.

Aquí la transferencia no remite a ninguna propiedad misteriosa de la afectividad, e incluso cuando se delata bajo un aspecto de emoción, éste no toma su sentido sino en función del momento dialéctico en que se produce.

Pero este momento es poco significativo puesto que traduce comúnmente un error del analista, aunque solo fuese el de querer demasiado el bien del paciente, cuyo peligro ha denunciado muchas veces Freud mismo.

Así la neutralidad analítica toma su sentido auténtico de la posición del puro dialéctico que, sabiendo que todo lo que es real es racional (e inversamente), sabe que todo lo que existe, y hasta el mal contra el que lucha, es y seguirá siendo siempre equivalente en el nivel de su particularidad, y que no hay progreso para el sujeto si no a por la integración a que llega de su posición en lo Universal: técnicamente por la proyección de su pasado en un discurso en devenir.

El caso de Dora parece privilegiado para nuestra demostración en que tratándose de una histérica, la pantalla del yo es en ella bastante transparente para que en ninguna parte, como dijo Freud, sea más bajo el umbral entre el inconsciente y el consciente, o mejor dicho entre el discurso analítico y la palabra del síntoma.

Creemos sin embargo que la transferencia tiene siempre el mismo sentido de indicar los momentos de errancia y también de orientación del analista, el mismo valor para volvernos a llamar al orden de nuestro papel: un no actuar positivo con vistas a la ortodramatización de la subjetividad del paciente.

Lacan, J. - Metáfora y metonimia


2 de Mayo de 1956
¿Tendríamos el estilo de Freud sin estas cartas? Sí, a pesar de todo, pero ellas nos enseñan que ese estilo nunca sufrió inflexión alguna, y que no es más que la expresión de lo que orienta y vivifica su investigación. Todavía en 1939, cuando escribe Moisés y el Monoteísmo, se siente que su interrogación apasionada no disminuyó, y que siempre del mismo modo encarnizado, casi desesperado, se esfuerza por explicar cómo el hombre, en la posición misma de su ser, puede ser tan dependiente de esas cosas para las que manifiestamente no está hecho en lo más mínimo. Esto está dicho y nombrado: se trata de la verdad.
Releí Moisés y el Monoteísmo a fin de preparar la presentación que se me encargó hacer dentro de dos semanas de la persona de Freud. Me parece que puede encontrarse en él una vez más la confirmación de lo que intento hacer ver, a saber, que el análisis es absolutamente inseparable de una pregunta fundamental acerca del modo en que la verdad entra en la vida del hombre. La dimensión de la verdad es misteriosa, inexplicable, nada permite captar decisivamente su necesidad, pues el hombre se acomoda perfectamente a la no-verdad. Intentare mostrar que esta es la pregunta que hasta el final atormenta a Freud en Moisés y el Monoteísmo.
Se siente en este librito el gesto que renuncia y el rostro que se cubre. Aceptando la muerte, continua. La interrogación renovada en torno a la persona de Moisés, a su miedo hipotéticos, no tiene otra razón de ser más que la de responder al problema de saber por que vía la dimensión de la verdad entra de manera viviente en la vida, en la economía del hombre. Freud responde que es por intermedio de la significación ultima de la idea del padre.
El padre es una realidad sagrada en si misma, más espiritual que cualquier otra, porque, en suma, nada en la realidad vivida indica, hablando estrictamente, su función, su presencia, su dominancia. ¿Como la verdad del padre, como esa verdad que Freud mismo llama espiritual, llega a ser promovida a un primer plano? La cosa sólo es pensable a través del rodeo de ese drama a-historico, inscrito hasta en la carne de los hombres en el origen de toda historia: la muerte, el asesinato del padre. Mito, evidentemente, mito muy misterioso, imposible de evitar en la coherencia del pensamiento de Freud. Hay allí algo velado.
Todo nuestro trabajo del año pasado confluye aquí: no puede negarse el carácter inevitable de la intuición freudiana. Las críticas etnográficas no dan en el clavo. Se trata de una dramatización esencial por la cual entra en la vida una superación interna del ser humano: el símbolo del padre.
La naturaleza del símbolo está aún por esclarecerse. Nos acercamos a su esencia situándola en el mismo punto de génesis que el instinto de muerte. Expresamos una sola y misma cosa. Tendemos hacia un punto de convergencia: ¿que significa esencialmente el símbolo en su papel significante ? ¿Cuál es la función inicial y original, en la vida humana, de la existencia del símbolo en tanto significante puro?
Esta pregunta nos hace volver a nuestro estudio sobre las psicosis.
La frase que escribí en la pizarra es carácterística del estilo de Freud, y se las doy para que guardemos su vibración.
Freud habla en esa carta de las diferentes formas de defensa. Es una palabra demasiado gastada en nuestro uso común como para no preguntar, en efecto: ¿quien se defiende?, ¿que se defiende ?, ¿ contra qué se defiende uno ? La defensa en psicoanálisis se dirige contra un espejismo, una nada, un vacío, y no contra todo lo que existe y pesa en la vida. Este enigma último está velado por el fenómeno mismo en el momento preciso en que lo captamos. Esta carta muestra por vez primera, y de manera particularmente clara, los diferentes mecanismos de las neurosis y las psicosis.
Sin embargo, en el momento de llegar a la psicosis, es como si Freud fuese atrapado por un enigma más profundo. Dice: Los paranoicos, los delirantes, los psicóticos, aman el delirio como se aman a sí mismos.
Hay allí un eco, al que debe dársele todo su peso, de lo dicho en e! mandamiento: amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos.
El sentido del misterio nunca falta en el pensamiento de Freud. Es su inicio, su medio y su final. Creo que si lo dejamos disiparse, perdemos lo esencial del camino mismo en que todo análisis debe estar fundado. Si perdemos un instante el misterio, nos perdemos en una nueva forma de espejismo.
Freud tuvo el sentimiento profundo de que, en las relaciones del sujeto psicótico con su delirio, algo rebasa el juego del significado y las significaciónes, el juego de lo que llamaremos más tarde las pulsiones del id. Hay ahí una afección, una vinculación, una presentificación esencial, cuyo misterio sigue casi intacto para nosotros; el delirante, el psicótico se aferra a su delirio como a algo que es él mismo.
Con esta vibración en el oído abordamos nuevamente el problema de la vez pasada, en lo concerniente a la función economice que adquiere la relación de lenguaje en la forma y en la evolución de la psicosis.
Partamos de los datos que son las frases que Schreber dice escuchar, frases provenientes de esos seres intermediarios, diversos en su naturaleza, los vestíbulos del cielo, las almas difuntas o las almas bienaventuradas, esas sombras, esas formas ambigüas de seres desposeídos de su existencia y portadores de voz.
La parte plena de la frase, donde están las palabras-núcleo, como se expresa el lingüista, que dan el sentido de la frase, no es vivida como alucinatoria. Al contrario, la voz se detiene para obligar al sujeto a proferir la significación en juego en la frase.
Ahora, es el momento... ¡de doblegarlo! Esta es la expresión Implícita que tiene peso significativo. Nuestro sujeto nos hace saber que no esta alucinado. Esta colocado en el vilo, en lo que queda de vacío después de la parte gramatical o sintáctica de la frase, formada por palabras auxiliares, articulatorias, conjuntivas o adverbiales, y verbalizabas de manera súbita y como exterior, en tanto frase del otro. Es una frase de ese sujeto a la vez vacío y pleno, que llamé el entre-yo (je) del delirio.
Entonces, es ahora demasiado según la concepción de las almas. Esta concepción de las almas tiene toda su función en lo que es verbalizado por instancias algo superiores, según Schreber, a los sujetos portadores de estribillos machacados de memoria, formados por palabras que considera vacías. Alude a nociones funcionales que descomponen sus diversos pensamientos. Una psicología tiene cabida, en efecto, en el interior de su delirio, una psicología dogmática que las voces que lo interpelan exponen, explicándole cómo están hechos sus pensamientos.
En particular, lo implícito asumió forma alucinatoria y no es dado en voz alta en la alucinación, es el pensamiento principal. La vivencia delirante del sujeto da en sí misma su esencia en el fenómeno. Indica que el fenómeno vivido de la alucinación, elemental o no, carece del pensamiento principal. Nosotros, los rayos carecemos de pensamientos, vale decir de lo que significa algo.
En relación a la cadena, si puede decirse así, del delirio, el sujeto parece a la vez agente y paciente. El delirio es más sufrido que organizado por él. Desde luego, como producto terminado, este delirio hasta cierto punto puede ser calificado de locura razonarte, en el sentido de que su articulación en algunos aspectos es lógica, pero desde un punto de vista secundario. Que la locura alcance una síntesis de esta índole, no es un problema inferior al de su existencia misma. Esto se produce en el curso de una génesis que parte de elementos quizá groseros de esta construcción, pero que, en su forma original, se presentan como cerrados, e incluso como enigmáticos. .
Hay primero algunos meses de incubación prepsicótica en que el sujeto está en un estado profundamente confusional. Es el momento en que se producen los fenómenos de crepúsculo del mundo, que carácterizan el inicio de un período delirante. A mediados de Marzo de 1894, entró en el sanatorio de Flechsig. A mediados de Noviembre del 93, comienzan los fenómenos alucinatorios, las comunicaciones verbalizabas que atribuyen a los diversos escalones de ese mundo fantasmático, formado por dos pisos de la realidad divina, el reino anterior de Dios y el reino posterior, y de todo tipo de entidades que están en vías de una reabsorción más o menos avanzada en esa realidad divina.
Esas entidades, que son las almas, van en sentido opuesto a lo que llama el orden del universo, noción fundamental en la estructuración de su delirio. En lugar de tomar el camino de reintegrarse en el Otro absoluto, toman, en cambio, el de vincularse con Schreber mismo, de acuerdo a formas que varían en el curso de la evolución del delirio. En el origen, vemos expresado con claridad, en su experiencia vivida, el fenómeno de la introyección, cuando dice que el alma de Flechsig le entra de ese modo, y que se asemeja a filamentos de una telaraña, suficientemente gruesa como para serle inasimilable, que vuelve a salir por su boca. Este es una especie de esquema vivido de la introyección, que se atenuará más adelante y que se pulirá adquiriendo una forma más espiritualizada.
De hecho, Schreber estará cada vez más y más integrado a esa palabra ambigüa con la que hace cuerpo y a la que responde con todo su ser. La ama, literalmente, como a sí mismo. Este fenómeno apenas puede calificarse de diálogo interior, pues la significación de la preeminencia del juego del significante, cada vez más vaciado de significación, gira precisamente en torno a la existencia del otro.
¿Cuál es la significación de esta invasión del significante que tiende a vaciarse de significado a medida que ocupa más y más lugar en la relación libidinal, e inviste todos los momentos, todos los deseos del sujeto?
detuve en una serie de textos que se repiten, y que seria fastidioso enumerar aquí. Algo me llamó la atención: incluso cuando las frases pueden tener un sentido, nunca se encuentra en ellas nada que se asemeje a una metáfora.
Pero, ¿que es una metáfora?
Introduzco aquí un orden de interrogación hacia el cual nunca antes se atrajo vuestra atención.
La metáfora no es una cosa sobre la cual hablar sea lo más fácil del mundo. Bossuet dice que es una comparación abreviada. Todos saben que esto no es enteramente satisfactorio, y, creo que, a decir verdad, ningún poeta lo aceptaría. Cuando digo ningún poeta, es porque podría ser una definición del estilo poético decir que éste comienza con la metáfora, y que allí donde no hay metáfora, tampoco hay poesía.
Su gavilla no era avara ni odiosa—Víctor Hugo. Esta es una metáfora. No es, indudablemente, una comparación latente, tampoco es: así como la gavilla se esparcía gustosamente entre los necesitados, así también nuestro personaje no era ni avaro ni odioso. No hay comparación sino identificación. La dimensión de la metáfora debe sernos de acceso menos difícil que a otros, con la sola condición de que reconozcamos cómo la llamamos habitualmente, a saber, identificación. Pero esto no es todo: el uso que aquí hacemos del término de simbólico lleva de hecho a reducir su sentido, a designar la sola dimensión de metáfora del símbolo.
La metáfora supone que una significación es el dato que domina y desvía, rige, el uso del significante, de tal manera que todo tipo de conexión preestablecida, diría léxical, queda desanudada. Nada en el uso del dicciónario puede, así sea por un instante, sugerir que una gavilla puede ser avara, o aún menos odiosa. Resulta claro, empero, que el uso de la lengua es susceptible de significación sólo a partir del momento en que se puede decir Su gavilla no era ni avara ni odiosa, vale decir, en que la significación arranca el significante de sus conexiones lexicales.
Esta es la ambigüedad del significante y el significado. Sin la estructura significante, es decir, sin la articulación predicativa, sin la distancia mantenida entre el sujeto y sus atributos, no podría calificarse a la gavilla de avara y odiosa. Porque hay una sintaxis, un orden primordial de significante, el sujeto es mantenido separado, diferente de sus cualidades. Está totalmente excluido que un animal haga una metáfora, aunque no tengamos razón alguna para pensar que no tenga él también la intuición de lo generoso y de lo que puede acordarle fácilmente y en abundancia todo lo que desea. Pero, en la medida en que no tiene la articulación, lo discursivo —que no es simplemente la significación, con lo que conlleva de atracción o repulsión, sino alineamiento del significante—, la metáfora es impensable en la psicología animal de la atracción, del apetito y del deseo.
Esta fase del simbolismo que se expresa en la metáfora supone la similitud, la cual se manifiesta únicamente por la posición. La gavilla puede ser identificada a Booz en su falta de avaricia y en su gEnerosidad, por el hecho de que es el sujeto de avara y odiosa. La gavilla es literalmente idéntica al sujeto Booz por su similitud de posición. Su dimensión de similitud es, sin duda, lo más cautivante del uso significativo del lenguaje, que domina hasta tal punto la aprehensión del juego del simbolismo que enmascara la existencia de la otra dimensión, la sintáctica. Sin embargo, esta frase perdería toda especie de sentido si mezcláramos el orden de las palabras.
Cuando se habla de simbolismo se descuida la dimensión vinculada a la existencia del significante, a la organización del significante.
3
A partir de aquí, no puede dejar de ocurrírsenos, y se le ocurrió a un lingüista amigo mío—estoy hablando de Roman Jakobson—que la distribución de determinados trastornos denominados afasias, debe reverse a la luz de la oposición entre, por una parte, las relaciones de similitud, o de sustitución, o de elección y también de selección o de competencia, en suma, de todo lo que es del orden del sinónimo y, por otra, las relaciones de contigüidad, de alineación, de articulación significante, de coordinación sintáctica. Desde esta perspectiva, la oposición clásica entre afasias sensoriales y afasias motoras, criticada desde hace mucho tiempo, se ordena de manera sorprendente.
Todos conocen la afasia de Wernicke. El afásico encadena una serie de frases de carácter gramatical extraordinariamente desarrollado. Dirá: Si, comprendo. Ayer, cuando estaba allá arriba, ya dijo, y quería, le dije, no es eso, la fecha, no exactamente, no esa...
El sujeto muestra así un completo dominio de todo lo que es articulación, organización, subordinación y estructuración de la frase, pero queda siempre al margen de lo que quiere decir. Ni por un instante se puede dudar que lo que quiere decir está presente, pero no alcanza a dar una encarnación verbal de aquello hacia lo que la frase apunta. Desarrolla en torno a ella toda una franja de verbalización sintáctica, cuya complejidad y nivel de organización están lejos de indicar una perdida de atención del lenguaje. Pero, si le piden una definición, un equivalente sin siquiera querer alcanzar la metáfora, si lo enfrentan a ese uso del lenguaje que la lógica llama metalenguaje, o lenguaje sobre el lenguaje, esta perdido.
No se trata de hacer la menor comparación entre un trastorno de este tipo y lo que sucede en nuestros psicóticos. Pero, cuando Schreber escucha Factum est, y eso se detiene, es, sin duda alguna, un fenómeno que se manifiesta a nivel de las relaciones de contigüidad. Las relaciones de contigüidad dominan, como consecuencia de la ausencia o de una deficiencia de la función de equivalencia significativa mediante la similitud.
No podemos dejar de tomar en cuenta esta llamativa analogía para oponer nosotros también, bajo la doble rubrica de la similitud y la contigüidad, lo que sucede en el sujeto delirante alucinatorio. No podría ponerse mejor en evidencia la dominancia de la contigüidad en el fenómeno alucinatorio que señalando el efecto de palabra interrumpida, y de palabra interrumpida tal como precisamente es dada, es decir, como investida y, digamos, libidinalizada. Al sujeto se le impone la parte gramatical de la frase, la que sólo existe por su carácter significante y por su articulación. Esta se transforma en un fenómeno impuesto en el mundo exterior.
El afásico del que hablaba no podía ir al grano. A ello se debe su discurso en apariencia vacío, que, cosa curiosa, incluso en los sujetos con más experiencia, en los neurólogos, provoca siempre una risa embarazada. Tenemos enfrente un personaje que está ahí, sirviéndose de inmensos blablás, extraordinariamente articulados, a veces ricos en inflexiones, pero que nunca puede llegar al núcleo de lo que tiene que comunicar. El desequilibrio del fenómeno de contigüidad que pasa a primer plano en el fenómeno alucinatorio, y a cuyo alrededor se organiza todo el delirio, no deja de serle análogo.
Habitualmente, siempre colocamos el significado en un primer plano de nuestro análisis, porque es, ciertamente, lo más seductor, y lo que, en un primer abordaje, parece ser la dimensión propia de la investigación simbólica del psicoanálisis. Pero, desconociendo el papel mediador primordial del significante, desconociendo que el elemento guía es en realidad el significante, no sólo desequilibramos la comprensión original de los fenómenos neuróticos, la interpretación misma de los sueños, sino que nos volvemos absolutamente incapaces de comprender qué sucede en las psicosis.
Si un aspecto, tardío, de la investigación analítica, el concerniente a la identificación y al simbolismo, está del lado de la metáfora, no descuidemos el otro, el de la articulación y la contigüidad, con lo que en él se esboza de inicial y de estructurante en la noción de causalidad. La forma retórica que se opone a la metáfora tiene un nombre: se llama metonimia. Designa la sustitución de algo que se trata de nombrar: estamos en efecto a nivel del nombre. Se nombra una cosa mediante otra que es su continente, o una parte de ella, o que está en conexión con ella.
Si, usando la técnica de asociación verbal, tal como se practica en el laboratorio, le proponen al sujeto una palabra como choza, hay más de un modo de responder. Choza.—Quémenla. El sujeto puede también decir casucha o cabina —ahí ya está el equivalente sinonímico, si avanzamos un poquito más llegaremos a la metáfora, diciendo madriguera por ejemplo. Pero, también hay otro registro. Si el sujeto dice por ejemplo techo ya no es exactamente lo mismo. Una parte de la choza permite designarla entera, podemos hablar de una aldea de tres techos, para decir de tres casitas. Se trata ahí de evocación. El sujeto puede también decir suciedad, o pobreza. Ya no estamos en la metáfora, estamos en la metonimia.
La oposición de la metáfora y la metonimia es fundamental, ya que lo que Freud originalmente colocó en un primer plano en los mecanismos de la neurosis, al igual que en los fenómenos marginales de la vida normal o el sueño, no es ni la identificación ni la dimensión metafórica.
Todo lo contrario. De manera general, lo que Freud llama condensación en retórica se llama metáfora; lo que llama desplazamiento, es la metonimia. La estructuración, la existencia lexical del conjunto del aparato significante son determinantes para los fenómenos presentes en la neurosis, pues el significante es el instrumento con el que se expresa el significado desaparecido. Por esta razón, al atraer la atención sobre el significante, no hacemos más que volver al punto de partida del descubrimiento freudiano.
La semana que viene, retomaremos la cuestión estudiando por que en la psicosis esos juegos significantes terminan ocupando por completo al sujeto. En este caso no se trata del mecanismo de la afasia sino de cierta relación al otro como faltante, deficiente. A partir de la relación del sujeto con el significante y con el otro, con los diferentes pisos de la alteridad, otro imaginario y Otro simbólico, podremos articular esa intrusión, esa invasión psicológica del significante que se llama la psicosis.

Lacan, J. - Del sujeto de la certeza




La hiancia del inconsciente, podríamos llamarla pre-ontólógica. El deseo encuentra en alguna parte su límite.  El placer fija los límites del alcance humano: el principio del placer es principio de homeostasis.  El deseo encuentra su límite, y en la relación con este límite se sostiene como tal, franqueando el umbral impuesto por el principio del placer. 
Pero, si bien el deseo no hace más que acarrear lo que sustenta de una imagen del pasado hacia un futuro siempre corto y limitado, Freud lo califica de indestructible, se afirma justamente de la realidad más inconsistente de todas.  Escapa al tiempo. Se debe distinguir un tiempo lógico. Onticamente, pues, el inconsciente es lo evasivo -pero se ajusta a una estructura temporal, de la que nunca ha sido articulada como tal. 
El concepto de repetición nada tiene que ver con el de transferencia. El estatuto del inconsciente, en el plano óntico, es ético.  Freud, en su sed de verdad dice -Sea lo que sea, hay que ir a él -porque, en alguna parte se muestra. Es ético y no óntico porque Freud no lo pone en evidencia cuando da su estatuto al inconsciente. 
En efecto, el término primordial no es el de verdad. Es el de Gewissheit, certeza.  El modo de proceder de Freud es cartesiano, ya que parte del fundamento del sujeto de la certeza.  Se trata de aquello de lo que se puede estar seguro.  Para ello, primero es necesario vencer una connotación presente en todo lo que toca al contenido del inconsciente: No estoy seguro, dudo. 
Pero la duda es el apoyo de su certeza. Es indicio de que hay algo que preservar. Y la duda, entonces, es signo de la resistencia. 
Descartes nos dice: Estoy seguro, porque dudo, de que pienso. Por pensar, soy. Analogamente Freud, cuando duda está seguro por eso de que en ese lugar hay un pensamiento, que es inconsciente, lo cual quiere decir que se revela como ausente, a ese lugar convoca, en cuanto trata con otros, el yo pienso en el cual se va a revelar el sujeto.  Está seguro de que el pensamiento ese está allí con todo su yo soy.
Aquí se revela la disimetría entre Freud y Descartes. No está en el paso inicial de la fundamentación de la certeza del sujeto.  Radica en que el sujeto está como en su casa en el campo del inconsciente.  Y porque Freud afirma su certeza, se da el progreso mediante el cual nos cambia el mundo. 
Para Descartes, en el cogito inicial el yo pienso, en tanto se vuela en el yo soy, apunta a un real. Pero lo verdadero queda fuera de un Otro que no sea engañoso y que, además, pueda garantizar, con su mera existencia.
Descartes no lo sabía, salvo que era sujeto de una certeza y rechazo de todo saber anterior: pero el sujeto del inconsciente se manifiesta, que piensa, antes de entrar en la certeza. 
Es la distinción de la función del sujeto de la certeza con respecto a la búsqueda de la verdad. 
El tiempo lógico está constituido por tres tiempos. Primero el instante de ver, que se define en esa experiencia psicológica de la operación intelectual que es el insight. Luego el tiempo para comprender, en fin, el momento de concluir.
Para discernir que es el tiempo lógico, hay que partir de lo siguiente: la batería significante está dada desde el comienzo. Sobre esta base hay que introducir dos términos requeridos por la función de la repetición: el azar y la arbitrariedad, así Freud examina qué consecuencias tiene para la interpretación de los sueños el azar de la transcripción y la arbitrariedad de las conexiones, ¿porqué relaciónar esto con aquello, en vez de con cualquier otra cosa? Freud nos lleva al corazón de las cosas de la pregunta que plantea el desarrollo moderno de las ciencias, en tanto demuestran lo que podemos fundar en el azar.
No puede fundarse nada en el azar -cálculo de probabilidades, estrategias- que no entrañe una estructuración previa y limitada de la situación en términos de significantes. 
Pues bien en lo tocante al inconsciente, Freud reduce todo lo que llega a sus oídos a la función de puros significantes, a partir de esta reducción se da la operación, y así puede aparecer un momento de concluir. Esto forma parte de su testimonio ético. 
La experiencia le demuestra luego que, en relación al sujeto, se topa con límites: la no convicción, la resistencia, la no curación.  La rememoración entraña siempre un límite. Y es indudable que podía obtenerse una rememoración más completa por otras vías que las del análisis, pero son las inoperantes en cuanto a la curación. 
Debemos distinguir aquí el alcance de estas dos direcciónes, la rememoración y la repetición.  Entre ambas no hay ni orientación temporal ni reversibilidad.  No son conmutativas.  No es lo mismo comenzar por la rememoración y vérselas con las resistencias de la repetición y comenzar por la repetición para obtener un esbozo de rememoración. 
Esto nos indica que la función-tiempo es aquí de orden lógico, y está ligada a una instauración significante de lo real. En efecto, la no-conmutatividad es una categoría que pertenece sólo al registro del significante. 
Percibimos aquí donde aparece el orden del inconsciente, que Freud lo resuelve en un segundo tiempo, elaborando la función de la repetición. 


Lacan, J. - Acerca de la causalidad psíquica




Trabajo que consta de tres partes: 
A) la discusión con Henry Ey. B) La causalidad de la locura. C) La causalidad psíquica.
a) Critica de la teoría organicista de la locura. El órgano-dinamismo de Henry Ey.
Esta teoría relaciona la génesis de la perturbación mental con el juego de los aparatos constituidos en el interior del cuerpo. Es una física en un último análisis. Sería una reacción molecular. Luego se enriquece con aportes mecanicistas, dinamistas y gestálticos. Reconoce un origen en Descartes, basando el funcionamiento mental en las condiciones químicas y anatómicas del proceso cerebral. Ej. Las lesiones debilitan los procesos energéticos necesarios para el despliegue de las funciones psíquicas.
Para Lacan es un error reducir perturbaciones neurológicas y psiquiátricas a una escala común de disoluciones a la escala común de organicismo. Lacan intenta introducir la noción de causalidad en el campo mismo de la subjetividad. Encontrar una causalidad propiamente psíquica no reducible a lo orgánico.
Lacan discute este supuesto cartesiano oponiéndole su lectura a Descartes. Para Ey la idea de Descartes es que el organismo es una máquina. Lacan afirma que no se puede reducir a la maquina ya que hay sujeto.
El problema de la verdad condiciona en su esencia al fenómeno de la locura. Si se lo evita se pierde el fenómeno de la significación.
Ey rechaza la psicogenesis. Lo psíquico seria un epifenómeno (fisiológico). Pero reconoce un nivel de causalidad psíquica: la relación entre el mundo y el yo.
Causalidad psíquica: las enfermedades mentales son insultos y trabas a la libertad.
b) La causalidad Esencial de la locura.
El fenómeno de la creencia delirante es el desconocimiento. Y desconocer supone un reconocimiento. Ey plantea que la alucinación es un error, como la persona no reconoce sus errores es un loco. Pero aunque los vive con extrañeza, son fenómenos que le incumben personalmente, tienen sentido. Le responden, le hacen eco. La locura es vivida integra en el registro del sentido.
El fenómeno de la locura no es separable de la significación para el ser en general, es decir, del lenguaje para el hombre.
Introducción del significante: La palabra no es signo sino nudo de significación. Se diversifican los sentidos.
Cuál es el estado del significante en la locura. Tiende a degradarse en signo. Lacan ubica así el elemento diagnostico en el discurso mismo: los neologismos por ej.
Por esto surge la estructura general del desconocimiento: si un hombre cualquiera se cree rey está loco. No lo está menos un rey que se cree rey. Se trata de la diferencia entre desempeñar un papel a creerse ser eso.
Infatuación del sujeto: el que no duda de nada, especialmente de lo que debe a su dichosa suerte.
El loco quiere imponer la ley de su corazón a lo que se le presenta como desorden del mundo. En consecuencia,
La formula general de la locura es la del alma bella: se realiza una identificación ideal sin mediación y se cree libre. Es el narcisismo de los ociosos, locura ligada a la idea de libertad. La definición de la locura es el desconocimiento y pueden ubicarse tres casos:
1) El alma bella de Hegel: el personaje del loco que no deja de repetir que todo lo que hace esta muy bien y si las cosas no funcionan en el mundo es por culpa de los otros. Los responsables son los otros, nunca el (Napoleón nunca se creyó Napoleón)
2) El hijo de familia, nene de mama el afortunado, el niño bien que se cree algo. Aquellos que se creen algo, que desconocen el hecho de que somos seres cambiantes y que tenemos diversas funciones que cumplir. El Yo es maleable. Lo más fijo está del lado del deseo, del sujeto (contrapunto entre el yo y el sujeto)
3) El loco es hablado por el Otro. Esto es regular para todos los humanos.
c) La Causalidad Psíquica.
En la causalidad psíquica la palabra locura aparece en el lugar del Yo.
La historia del sujeto se desarrolla a través de sus identificaciones (representan los fenómenos psíquicos por el hecho de revelar la función del imago) El yo es un sistema de esas formaciones, tiene una estructura imaginaria (no es igual a conciencia)
Precisiones: No confundir el Yo con el sujeto. El Yo es una negación: fenómeno típico del desconocimiento. (Ej. No vaya a creer usted que…)
Necesidad del desconocimiento: El desconocimiento es necesario ya que surge en su captación por la imagen del otro en el espejo. Se basa en cierto reconocimiento. Sitúa la génesis psicológica en el estadio del espejo. Fenómeno de captación imaginaria, por lo tanto el Yo primordial es esencialmente alienado y esta es la estructura fundamental de la locura.
El imago responde a la discordancia primordial entre el Yo y el Ser. Su primer efecto es de alienación del sujeto.
La distancia incuantificable de la imago y el ínfimo son los decisivos en la locura, aunque eso aun no basta para curarla.