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Textos y Resúmenes de Psicología

Material de estudio para estudiantes de Psicología y carreras relacionadas.

 
[Extraido del libro "Memorias Para Paul De Man"] 

I. La Memoria y el Duelo

No saber contar una historia es carecer de un don, sobre todo cuando es ancha y profunda la fuente de la memoria. ¡Qué imposibilidad tienen las palabras! ¿Cómo las palabras podrían beber las aguas de Mnemosyne?

En esta conferencia, Derrida debe encomendar un nombre propio a la memoria, Mnemosyne, y al no saber contar una historia, quizá un poema de Hölderlin pueda expresar un duelo que “carece de lamentación”:

Un signo somos, ilegible
Somos sin dolor y casi hemos
perdido el lenguaje en un país extranjero.


Se pregunta Derrida ¿Qué es un duelo imposible y qué nos cuenta sobre una esencia de la memoria? ¿Ese otro muerto deberá vivir en nosotros y ser nuestra memoria su tumba, o será mejor no tomarlo, dejar su alteridad, hacer un duelo posible?

Recordaremos lo que Paul de Man nos lleva a pensar sobre el “duelo verdadero”.  Y Derrida se pregunta de nuevo: ¿quién puede contar de veras una historia? ¿Quién sabe lo que implica una narración? ¿Qué reclama la memoria, qué reclama el recuerdo? ¿Qué es la memoria? ¿Qué sentido tiene preguntarse sobre el ser y la ley de la memoria? Advierte aquí Derrida que esta clase de preguntas no se pueden hacer fuera del lenguaje. ¿Qué significará entonces memoria y memorias?; en francés la memoria está vinculada a la narración.

Derrida hablará en memoria de su amigo, de su legado, de su promesa. ¿Qué pensó Paul de Man acerca de la memoria? Lo que vincula a la memoria es la medida y oportunidad de su futuro. La memoria nos vincula, es un pacto de fidelidad, ante la indecible e irremediable ausencia de quien se ha ido para siempre, el otro simplemente vive en nosotros pero no en sí mismo. Es una memoria que no nos salva de la muerte, sólo se convierte en ese esperar o aguardar algo que se desea y tarda mucho en llegar, pero que no llega, lo que en la lectura de Derrida es el advenimiento del otro.

Derrida deja a un lado el tema del trabajo de duelo. Y pasa a hablar del discurso y la escritura funeraria que según él, no hablan de la muerte sino que trabajan sobre la vida, por medio de la autobiografía; cita un texto sobre la diferencia entre ficción y autobiografía, pues esta última genera tres preocupaciones: la del género, la de la totalización, y la de la función performativa.

Me centraré en la función performativa; la cual resulta fascinante y fatal porque nos pone en el punto de la imposibilidad ya que ni la congregación del Ser ni la memoria totalizadora son realizables. El rasgo característico de la obra demaniana es señalado por Derrida como  El Ser y la ley. Paul de Man revela esa necesidad, probablemente insalvable, de pasar de la identidad del ser hacia la resolución, de la acción a la promesa, a la función preformativa.

En esta función performativa, en el acto ritual y mágico  traer la impresencia del sujeto ausente sólo se hace posible en el terreno tropológico. De ahí que la posibilidad de narrar la memoria, Derrida se la encargue a los poemas de Hölderlin. Pues como lo dice Derrida, no se puede escapar del discurso poético. Así cuando ocurre la muerte en forma inexorable, el otro solo puede vivir en la memoria y en la alucinación, en nosotros, pero el sabernos inmortales es lo que nos posibilita la amistad, y por eso todas nuestras relaciones no escapan de la signatura de memorias-de-ultratumba. En este terreno de la memoria y la alucinación no habrá nunca espacio para un “duelo verdadero”. Sólo memoria, es lo único que nos queda, pero lastimosamente la realidad nos muestra que la “peste del olvido” nos acosa, sin darnos posibilidad para descifrar los fantasmas que nos rondan.

No existe el “duelo verdadero”, la única verdad es que nos han quitado el poder de narrar. ¿Cómo recuperarlo? ¿Podremos recuperarlo? ¿En qué fuente estará el don de la narración? ¿Nos quedarán ironías? ¿Habrá alegorías? ¿Existirán palabras para el duelo más imposible, más ilegible, más a-lógico, para el “duelo” de aquellos a los que no los sabemos ni muertos ni vivos?

II. La Memoria y la Alegoría

Con “el Arte de las Memorias”, segundo capítulo de Memorias para Paul de Man, Jacques Derrida plantea el problema de ordenar varios presentes, y  desde el comienzo nos anticipa pistas o claves para el desarrollo de esta conferencia: los presentes-pasados, el presente-presente, el presente-por venir, no como promesa, sino como compromiso. Para esto acude al mito de las dos fuentes: la Mnemosyne (fuente de la memoria), que más adelante será planteada como alegoría, y  Leteo (fuente del olvido) que será planteada como ironía, reconociendo en Mnemosyne su otro, altheia la cual es figura de verdad.

Para Paul de Man la alegoría no es solamente una figura literaria, sino que presenta una de las posibilidades del lenguaje “la posibilidad que permite al lenguaje decir de lo otro y hablar de sí mismo mientras habla de otra cosa”. Así Paul de Man daba una definición alegórica e irónica al mismo tiempo.

Al invocar la ausencia de Paul de Man, a través de su nombre, Paul de Man se hace presente, resucita, he aquí el poder del nombre propio, con el que podemos llamar, designar, invocar, pensar en quien ya no está, pero que sobrevive en nosotros, en ese lugar o tropos de reflexión original y continua”, que es la memoria.

Sin embargo, Derrida, nos plantea aquí una doble ley en ese “poder de nombrar”, puesto que al nombrar a Paul de Man, se lo resucita y se trae su presencia, pero al mismo tiempo se señala su ausencia, su muerte; el nombrar anula, pero también, prolonga su ausencia o separación.

La tesis de Paul de Man, es que “la relación entre Geduchtinis (memoria que piensa, facultad mecánica de memorización) y Erinnerung (memoria interiorizante) no es dialéctica” (p. 67). Para Paul de Man la relación entre estas dos memorias es ruptura, heterogeneidad, disyunción. Ya que la memoria como experiencia del tiempo, fracasa al intentar anular la distancia entre el momento presente y el momento pasado, y es aquí donde adquiere su valor negativo, ya que abre la posibilidad a la discontinuidad, a la distancia, a la diferencia entre la “presencia del presente” y el presente mismo.

La memoria esta signada, poblada por marcas y huellas, por la sombra de lo que habrá de venir, como el fantasma, que sólo ronda, así la memoria es el origen de todas las alegorías, en esta contradicción en lo opuesto y excluyente, es decir, la disyunción en la alegoría Mnemosyne (memoria), y la disyunción en la ironía, Leteo (olvido) Derrida ve en Paul de Man el llamado a una “verdadera dialéctica”, la de las discontinuidades, las dificultades, en los ángulos olvidados, lo cual nos remite al poder del olvido, a los bordes, a los límites de la memoria interiorizante, donde reside la altheia (verdad). En estas dos fuerzas disyuntivas existe ese potencial capaz de desconstruir y de hacer memoria.

Después de este recorrido que Derrida hace alrededor de la problemática de la memoria en los textos de Paul de Man,  de los ensayos que este pensador hizo sobre Hegel, y de centrarse en el problema de la alegoría y la ironía, me pregunto si en esa doble disyunción, cabe la posibilidad de la paradoja como portadora de la verdad y si a esa altehia se la podría llamar paradoja.

Para efectos dentro de los discursos que hablan desde la alegoría de unos ausentes, que murieron, o nos precedieron, es decir el yo, expresado a través de otro, y esa ironía que dice totalmente lo contrario de lo que se dice, constituyen la clave para los procesos de decosntrucción de los discursos, pero sobre todo de la historia oficial, para encontrar otras historias, aquellas no visibles, que reposan en el umbral, en la discontinuidad, en la diferencia, las historias de vida de quienes desde su particularidad nos pueden hablar de hechos “históricos”, pero vividos desde ese olvido, desde esos límites o fronteras. Y dar cuenta de una memoria verdadera, que nos acerca si no a los verdaderos duelos, por lo menos a la posibilidad de hablar de aquello que no terminaremos de comprender, pero que nos compromete hacia el futuro, y más aun, en el efímero presente.

Me refiero, por supuesto, a los relatos, historias de vida o testimonios de aquellos niños, viudas, familiares de desaparecidos, secuestrados, muertos sin entierro o con él, o simplemente a la cotidianidad narrada por quienes no han tenido voz, pero que están presentes en esa paradoja, en la altheia, en esa memoria que va más allá de esas dos fuentes: Mnemosyne y Leteo.

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