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Textos y Resúmenes de Psicología

Material de estudio para estudiantes de Psicología y carreras relacionadas.


La sociedad depresiva y los ataques al psicoanálisis
Este texto nació de una constatación: me pregunté por qué, luego de cien años de existencia y resultados clínicos indiscutibles, el psicoanálisis sigue siendo violentamente atacado por aquellos que pretenden sustituirlo con tratamientos químicos (juzgados más eficaces porque llegarían a las causas denominadas “cerebrales” de los desgarramientos del alma).

Lejos de discutir la utilidad de esas sustancias y despreciar el confort que aportan, he querido mostrar que no sabrían curar al hombre de su sufrimiento psíquico, ya sea normal o patológico. La muerte, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconciente, la relación con los otros dan forma a la subjetividad de cada quien, y ninguna ciencia digna de ese nombre resolverá estas cuestiones, afortunadamente.

El psicoanálisis da testimonio de un avance de la civilización sobre la barbarie, restaura la idea de que el hombre es libre por su palabra y que su destino no está limitado a su ser biológico; y debería tener un lugar importante junto a las demás ciencias para luchar contra las pretensiones oscurantistas tendientes a reducir el pensamiento a una neurona o a confundir el deseo con una secreción química.


La sociedad depresiva

Forma atenuada de la vieja melancolía, la depresión domina la subjetividad contemporánea como la histeria de fin de siglo XIX reinaba en Viena a través de Anna O, la famosa paciente de Josef Breuer, o en París con Augustine, la célebre loca de Charcot en la Salpêtrière. En la víspera del tercer milenio, la depresión se ha transformado en la epidemia psíquica de las sociedades democráticas al tiempo que los tratamientos se multiplican para ofrecer a cada consumidor una solución honrosa. Por supuesto, la histeria no ha desaparecido, pero cada vez más es vivida y tratada como una depresión. Pero este reemplazo de un paradigma (1) por otro no es inocente.

La sustitución se acompaña de una valorización de los proce-sos psicológicos de normalización en detrimento de las diferentes formas de exploración del inconciente. Tratado como una depresión, el conflicto neurótico contemporáneo parece no expresar ninguna causalidad psíquica surgida del inconsciente. Y sin embargo, el inconsciente resurge a través del cuerpo, oponiendo una fuerte resistencia a las disciplinas y prácticas destinadas a evidenciarlo. De allí el fracaso relativo de las terapias que proliferan, compadeciéndose del sujeto depresivo, pero sin lograr curarlo ni aprehender las verdaderas causas de su tormento.


Los medicamentos del espíritu

Desde 1950 las sustancias químicas –o psicotrópicas- han modificado el paisaje de la locura. Han vaciado los asilos, sustituído la camisa de fuerza y los electroshocks por los medicamentos. Si bien no curan ninguna enfermedad mental ni nerviosa, han revolucionado las representaciones del psiquismo mediante la fabricación de un hombre nuevo, liso y sin humor, agotado por el evitamiento de sus pasiones, avergonzado por no ser conforme al ideal que se le propone.

Recetados tanto por los médicos generalistas como por los especialistas en psicopatología, los psicotrópicos tienen como efecto normalizar los comportamientos y suprimir los síntomas más dolorosos del sufrimiento psíquico sin buscar su significación.

Los psicotrópicos están clasificados en tres grupos: psicolépticos, psicoanalépticos y psicodislépticos. En el primer grupo encontramos los hipnóticos (que tratan los trastornos del sueño), los ansiolíticos y los tranquilizantes (que suprimen los signos de la angustia, la ansiedad, la fobia y las diversas neurosis), y finalmente los neurolépticos –o antipsicóticos-, medicamentos específicos para la psicosis y las formas de delirio crónico o agudo. En el segundo grupo están reunidos los estimulantes y los antidepresivos, y en el tercero los medicamentos alucinógenos, los estupefacientes y los reguladores del humor.

La psicofarmacología aportó en un principio un espacio de libertad al hombre. Puestos en circulación en 1952 por dos psiquiatras franceses, Jean Delay y Pierre Deniker, los neurolépticos han devuelto al loco su palabra. Permitieron su reintegración en la vida social. Gracias a ellos, los tratamientos bárbaros e ineficaces fueron abandonados. En cuanto a los ansiolíticos y los antidepresivos, aportaron a los neuróticos y a los depresivos una tranquilidad mayor.

Sin embargo, a fuerza de creer en el poder de estas pociones, la psicofarmacología ha terminado por perder una parte de su prestigio en desmedro de su formidable eficacia. Encerró al sujeto en una nueva alienación, al pretender curarlo de la esencia misma de la condición humana. También ha alimentado, a través de sus ilusiones, un nuevo irracionalismo. Porque cuanto más se promete un “punto final” para el sufrimiento psíquico a través de la ingestión de píldoras (que no hacen más que levantar los síntomas o transformar la personalidad), más el sujeto, decepcionado, se inclina hacia tratamientos corporales o mágicos. No nos asombrará entonces que los excesos de la psicofarmacología hayan sido denunciados por aquellos mismos que hacían su elogio y que reclaman hoy en día que los medicamentos del espíritu sean administrados de manera más racional y en forma coordinada con otras formas de cura: psicoterapia y psicoanálisis.

Era ya la opinión de Jean Delay, principal representante francés de la psiquiatría biológica, quien en 1956 afirmaba: “conviene recordar que en psiquiatría los medicamentos no son más que un momento del tratamiento de una enfermedad mental, y que el tratamiento de fondo sigue siendo la psicoterapia”.

En cuanto a su inventor, Henri Laborit, siempre ha declarado que la psicofarmacología no era, en tanto tal, la solución a todos los problemas: «¿por qué nos alegra contar con los psicotrópicos? Porque la sociedad en la que vivimos es insoportable. La gente no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, más en las megalópolis que en las afueras. A veces se me reprocha haber inventado el “chaleco químico”. Pero seguramente han olvidado el tiempo en que como médico de guardia de la Marina, yo entraba en el pabellón de los agitados con un revólver y dos enfermeros fornidos, porque los enfermos gritaban desde sus chalecos de fuerza, transpirando y gimiendo (...). La humanidad, en el transcurso de su evolución, ha sido forzada a pasar por las drogas. Sin los psicotrópicos, habría habido seguramente una revolución en la conciencia humana que dijera: “Esto no se soporta más!”, y ha sido soportado con los psicotrópicos. En un futuro lejano, la farmacología presentará quizás menos interés, salvo probablemente en traumatología, donde seguramente desaparecerá» (2).

Sin embargo, la psicofarmacología se ha transformado hoy en día, a su pesar, en el estandarte de una suerte de imperialismo. Permite, en efecto, a los médicos (y sobre todo a los generalistas) abordar del mismo modo toda suerte de afecciones sin que se sepa nunca de qué tratamiento se trata. Psicosis, neurosis, fobias, melancolías y depresiones son tratadas entonces por la psicofarmacología, así como tantos estados ansiosos consecutivos a duelos, a crisis de pánico pasajeras, o a una nerviosidad extrema debida a un entorno difícil: “El medicamento psicotrópico”, escribe Edouard Zarifian, “ devino lo que es sólo porque apareció en el momento oportuno. Se transformó así en el símbolo de la ciencia triunfante -la que explica lo irracional y cura lo incurable (...)- El psicotrópico simboliza el triunfo del pragmatismo y del materialismo sobre las elucubraciones psicológicas y filosóficas que intentan aprehender al hombre” (3).

El poder de la ideología medicamentosa es tal que cuando pretende ofrecer al hombre los atributos de su virilidad, se acerca a la locura. De este modo, el sujeto que se cree impotente tomará Viagra 4 para poner fin a su angustia sin conocer jamás la causalidad psíquica expresada por su síntoma. Mientras, por otro lado, el hombre cuyo miembro realmente desfallece tomará el mismo medicamento para mejorar sus performances, pero sin aprehender nunca la causa orgánica de su impotencia. Lo mismo sucede con la utilización de ansiolíticos y antidepresivos. La persona “normal”, golpeada por una serie de desgracias (pérdida de un ser querido, abandono, desempleo, accidente) verá que se le prescribe, en caso de angustia o duelo, el mismo medicamento que a otro que no tiene ningún drama para afrontar, pero presenta trastornos idénticos por su estructura melancólica o depresiva: “Cuántos médicos”, escribe E. Zarifian, “prescriben un tratamiento antidepresivo a personas que simplemente están tristes, y a las cuales la ansiedad las conduce a una dificultad para conciliar el sueño”.

La histeria de antaño traduce una protesta del orden burgués que atraviesa el cuerpo de las mujeres. A esta revuelta impotente, pero fuertemente significativa por sus contenidos sexuales, Freud le atribuía un valor emancipador del cual se beneficiarían todas las mujeres. Cien años después de este gesto inaugural, asistimos a una regresión. En los países democráticos, todo sucede como si ya no fuese posible ninguna rebelión, como si la idea misma de subversión social, incluso intelectual, se hubiese vuelto ilusoria, como si el conformismo y el higienismo propios de la nueva barbarie del bio-poder hubiesen ganado la partida. De allí la tristeza del alma y la impotencia del sexo, de allí el paradigma de la depresión (5).

Diez años después de la celebración mundial del bicentenario de la revolución francesa, el ideal revolucionario tiende a desaparecer de los discursos y de las representaciones. ¿Podrá continuar ejerciendo la misma fascinación tras la caída del muro de Berlín y el fracaso del sistema comunista?

Si la emergencia del paradigma de la depresión significa que la reivindicación de una norma ha relevado la valorización del conflicto, esto quiere decir también que el psicoanálisis ha perdido su fuerza subversiva. Tras haber contribuido ampliamente, durante todo el siglo XIX, no sólo a la emancipación de las mujeres y de las minorías oprimidas sino también a la invención de nuevas formas de libertad, ha sido desalojado (como la histeria) de la posición central que ocupaba tanto en los saberes de orden terapéutico y clínico (psiquiatría, psicoterapia, psicología clínica) como de las disciplinas mayores que le rendían tributo (psicología, psicopatología).

La paradoja de esta nueva situación es que el psicoanálisis cada vez más es confundido con el conjunto de prácticas sobre las cuales antes ejercía su supremacía. Testimonio de ello es el empleo generalizado del término “psi” para designar, confundidas todas las tendencias, a la vez la ciencia del espíritu y las prácticas terapéuticas asociadas.

Mientras que el cuerpo de las mujeres se ha tornado depresivo y la antigua belleza convulsiva de la histeria, tan admirada por los surrealistas, ha dejado lugar a una nosografía insignificante, el psicoanálisis está aquejado por el mismo síntoma y parece no estar más adaptado a la sociedad depresiva que prefiere la psicología clínica. Tiende a convertirse en una disciplina de notables, un psicoanálisis para psicoanalistas.

Cuanto más implosionan las instituciones psicoanalíticas, más presente está el psicoanálisis en las diferentes esferas de la sociedad, y más sirve como referencia histórica a esta psicología clínica que sin embargo lo sustituye. La lengua del psicoanálisis se ha transformado en un idioma común, hablado tanto por las masas como por las elites, y en todo caso por todos los practicantes del continente “psi”. Ya nadie ignora, hoy en día, el vocabulario freudiano: fantasía, superyó, deseo, libido, sexualidad, etc.

El psicoanálisis reina con maestría en todas partes, pero también en todas partes se lo pone al lado de la farmacología, al punto de ser él mismo utilizado como una píldora. En este sentido, Derrida tuvo razón al subrayar, en un texto reciente (6), que el psicoanálisis ha sido asimilado en nuestros días a un “medicamento perimido relegado al fondo de la farmacia: siempre puede servir en caso de urgencia o de falta, pero mientras tanto se han inventado mejores”.

Sabemos sin embargo que el medicamento no se opone en sí al tratamiento por la palabra. Francia es hoy en día el país de Europa con el consumo de psicotrópicos (a excepción de los neurolépticos) más elevado y en el cual, simultáneamente, el psicoanálisis está más instalado (tanto por la vía médica y curativa –psiquiatría, psicoterapia- como por la vía cultural –literatura, filosofía-). Si entonces el psicoanálisis es colocado junto a la psicofarmacología, es también porque los pacientes mismos, sometidos a la barbarie de la biopolítica, reclaman cada vez más que sus síntomas psíquicos tengan una causa orgánica. A menudo se sienten inferiorizados cuando el médico intenta indicarles otra aproximación (7).

Consecuentemente, entre los psicotrópicos, los antidepresivos son los más indicados, sin que pueda afirmarse que los estados depresivos estén en aumento. Simplemente, la medicina actual responde también al paradigma de la depresión. Por ende, cura casi todos los sufrimientos psíquicos como si se tratara de estados a la vez ansiosos y depresivos. Lo atestiguan numerosos estudios aparecidos en 1997 en el Bulletin de l´Academie nacionale de médecine: “Indicados actualmente en su mayor parte por los médicos generalistas”, escribe P. Juillet, “los antidepresivos parecen aplicarse a los trastornos del humor de diversos niveles. A menudo de forma adecuada, pero sin embargo, a pesar de los indiscutibles progresos diagnósticos y terapéuticos realizados en particular por nuestros colegas generalistas, se indican en aproximadamente la mitad de los estados depresivos estimados a nivel de la población general. Por otra parte, asistimos a una definición ampliada de la depresión y su medicalización (...). Podemos pensar que la evolución sociocultural actual contribuye a aumentar la cantidad de personas comunes que, denominadas con gusto neuróticos normales, han bajado el umbral de tolerancia a los sufrimientos ineluctables habituales, a las dificultades y las pruebas de la existencia (8).

Todos los estudios sociológicos muestran también que la sociedad depresiva tiende a quebrar la esencia de la resistencia humana. Entre el miedo al desorden y la valoración de una competitividad fundada solamente en el éxito material, son muchos los sujetos que prefieren entregarse voluntariamente a las sustancias químicas antes que hablar de sus sufrimientos íntimos. El poder de los medicamentos del espíritu es de este modo el síntoma de una modernidad que tiende a abolir en el hombre no sólo el deseo de libertad, sino la idea misma de enfrentarse a la prueba que ésta supone. El silencio es, así, preferible al lenguaje, fuente de angustia y vergüenza.

Si el umbral de tolerancia de los pacientes ha bajado, si su deseo de libertad está atenuado, lo mismo sucede con los médicos que prescriben ansiolíticos y antidepresivos. Una encuesta reciente, publicada por el diario Le Monde muestra que numerosos médicos generalistas (especialmente aquellos que se ocupan de las urgencias) no están mejor que sus pacientes. Inquietos, infelices, hostigados por los laboratorios e impotentes para curar y para escuchar un dolor psíquico que los desborda cotidianamente, parecen no tener otra solución más que responder a la demanda masiva de psicotrópicos.

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