Freud, S. - Observación de un caso severo de hemianestesia en un varón histérico

(Amorrortu editores)
Nota Introductoria

Señores: Cuando el 15 de octubre de este año tuve el honor de ocupar la atención de ustedes para darles un breve informe sobre los más recientes trabajos de Charcot en el campo de la histeria masculina, mi respetado maestro, el consejero áulico profesor Meynert, me invitó a presentar ante esta Sociedad casos donde se observaran en manifestación aguda los signos somáticos de la histeria, los «estigmas histéricos», mediante los cuales Charcot caracteriza esta neurosis. Hoy respondo a aquella invitación -es cierto que de una manera insatisfactoria, hasta donde me lo permite el material de enfermos al que tengo acceso- mostrándoles un hombre histérico que ofrece el síntoma de la hemianestesia en un grado casi máximo. Sólo quiero puntualizar, antes de empezar la demostración, que en modo alguno creo mostrarles un caso raro y singular. Antes bien, lo considero de muy común y frecuente ocurrencia, aunque a menudo se lo pueda pasar por alto.

Debo este enfermo a la amistosa solicitud del doctor Von Beregszászy, quien lo envió a mi consultorio para confirmar el diagnóstico por él establecido. La persona a quien ustedes ven aquí es un cincelador de 29 años, August P.; un hombre inteligente, que de buen grado se ha prestado a mis indagaciones con la esperanza de un pronto restablecimiento.

Permítanme comunicarles primero su historia familiar y su biografía. El padre del enfermo murió a la edad de 48 años a causa de la enfermedad de Bright; era maestro bodeguero, gran bebedor y de carácter colérico. La madre murió de tuberculosis a la edad de 46 años; al parecer, en años anteriores había sufrido mucho de dolores de cabeza. El enfermo no sabe informar nada sobre ataques de convulsiones, cte. De esta pareja nacieron seis hijos, el primero de los cuales llevó una vida disipada y murió por una afección encefálica luética. El segundo hijo tiene un interés particular para nosotros; desempeña un papel en la etiología de la afección de su hermano, y él mismo parece ser histérico. En efecto, ha referido a nuestro enfermo que sufrió de convulsiones; y, por un extraño azar, me encontré hoy con un colega de Berlín que trató a ese hermano en aquella ciudad en el curso de una enfermedad y le diagnosticó una histeria, confirmada también en el hospital de allí. El tercer hijo es desertor del servicio militar, y desde entonces se desconoce su paradero; el cuarto y el quinto murieron a tierna edad, y el último es nuestro enfermo.

Nuestro enfermo tuvo en su niñez un desarrollo normal, nunca sufrió de espasmos y pasó por las enfermedades ordinarias de la infancia. A los ocho años le aconteció la desgracia de ser atropellado por la calle, sufrió ruptura del tímpano derecho con perturbación permanente de la audición en el oído de ese lado, y cayó presa de una enfermedad que duró varios meses, durante la cual padeció de frecuentes ataques, cuya naturaleza hoy no se puede averiguar. Esos ataques persistieron cerca de dos años. De aquel accidente data una leve torpeza mental que el enfermo dice haber notado en su progreso escolar, y una tendencia a sensaciones de vértigo toda vez que por cualquier causa se sentía mal. Se graduó luego en la escuela normal, tras la muerte de sus padres entró como aprendiz en el taller de un cincelador, y habla mucho en favor de su carácter que permaneciera como oficial diez años en casa del mismo maestro. Se describe a sí mismo como un hombre cuyos pensamientos están dirigidos única y exclusivamente a perfeccionarse en su arte; para este fin, ha leído y dibujado mucho, absteniéndose de todo trato social así como de toda diversión. Parece que reflexionaba mucho sobre sí mismo y su ambición, y estando en eso a menudo caía en un estado de irritación con fuga de ideas, que le hacían temer por su salud mental; su sueño era a menudo intranquilo, y su modo de vida sedentario le provocaba unas digestiones lentas. Padeció de palpitaciones unos nueve años, pero por lo demás fue sano y nunca estuvo disminuido para trabajar.

Su presente afección data de tres años. Por aquel tiempo se peleó con su hermano calavera, quien rehusó devolverle una suma que él le había prestado; el hermano lo amenazó con acuchillarlo, y se le abalanzó con el arma. Tras esto el enfermo cayó en una angustia indecible, sintió un zumbido en la cabeza como si le fuera a estallar, se precipitó hacia su casa sin que pueda acordarse cómo llegó a ella, y cayó al suelo sin conciencia ante el umbral de su puerta. Después le contaron que durante dos horas había tenido los más violentos espasmos, y en medio del ataque hablaba de la escena con su hermano. Cuando despertó, se sintió muy cansado. Las seis semanas siguientes tuvo fuertes dolores de cabeza del lado izquierdo, y presión intracraneana; le parecía tener alterada la sensibilidad en la mitad izquierda de su cuerpo, y sus ojos se fatigaban rápido en el trabajo, que enseguida retomó. Con algunas variaciones, su estado persistió durante tres años, hasta que una nueva emoción le produjo un empeoramiento, hace de esto siete semanas. El enfermo fue acusado de hurto por una mujer, le sobrevinieron fuertes palpitaciones, estuvo tan deprimido durante unos catorce días que pensó en suicidarse, y al mismo tiempo le sobrevino un temblor violento en las extremidades del lado izquierdo; sintió la mitad izquierda de la cabeza como tocada por un rayo; sus ojos se debilitaron mucho y a menudo veía todo gris; turbaban su dormir terroríficas apariciones y sueños en que creía caerse de una gran altura; le aparecieron dolores en el cuello y la ¡jada del lado izquierdo, en el sacro y en otros lugares; con frecuencia tenía el estómago «como hinchado», y se veía precisado a suspender su trabajo. De una semana atrás data un nuevo empeoramiento de todos esos síntomas. Sufre además de fuertes dolores en la rodilla y la planta del pie del lado izquierdo cuando camina un rato, siente una peculiar sensación en la garganta, como si tuviera la lengua trabada, a menudo tiene música en los oídos, etc. Su memoria es débil para las vivencias correspondientes al período de su enfermedad, y buena para sucesos anteriores. En estos tres años, los ataques de convulsiones se le repitieron de seis a nueve veces; la mayoría, empero, fueron muy leves, sólo un ataque nocturno en agosto pasado estuvo acompañado por «sacudones» más fuertes.

Consideren ahora al enfermo, algo pálido, de mediano desarrollo. La indagación de los órganos internos no comprueba nada patológico, salvo unos ruidos cardíacos amortiguados. Si presiono sobre los puntos de salida de los nervios supraorbital, infraorbital y mental del lado izquierdo, el enfermo da vuelta la cabeza con una expresión de dolor violento. Parece haber, pues, una alteración neurálgica en el trigémino izquierdo. También la bóveda craneana en su mitad izquierda es muy sensible a la percusión. En cambio, la piel de la mitad izquierda de la cabeza no se comporta como uno esperaría: es totalmente insensible a estímulos de cualquier índole; puedo pinchar, pellizcar, retorcer entre mis dedos el lóbulo de la oreja, sin que el enfermo sienta siquiera el contacto. Por tanto, existe aquí un alto grado de anestesia. Pero esto no sólo es válido para la piel; también para las mucosas, como se los muestro en los labios y la lengua del enfermo. Sí introduzco un rollito de papel en el conducto auditivo externo y luego por el orificio nasal izquierdo, no provocará ninguna clase de reacción. Repito el experimento del lado derecho y compruebo una sensibilidad normal en el enfermo. Como corresponde a la anestesia, también los reflejos sensibles están cancelados o disminuidos. Así, puedo introducir el dedo y tocar el fondo de la garganta del lado izquierdo sin que sobrevenga ahogo; sólo si alcanzo la epiglotis del lado derecho se genera una reacción. Sí se toca la conjunctiva palpebrarum y bulbi izquierda, casi no se produce el cierre de los párpados; en cambio, subsiste el reflejo de la córnea, pero muy debilitado. Por otra parte, los reflejos de la conjuntiva y la córnea están disminuidos también en el ojo derecho, sólo que en grado menor; y ya por este comportamiento de los reflejos puedo concluir que las perturbaciones de la visión no están limitadas a un solo ojo -el izquierdo-. De hecho, cuando lo examiné por primera vez, el enfermo presentaba en ambos ojos la peculiar polyopia monocularis de los histéricos, y perturbaciones del sentido del color. Con el ojo derecho discernía todos los colores salvo el violeta, que decía ser gris; con el izquierdo, sólo un rojo y un amarillo claros, en tanto que a los otros colores los consideraba grises, si eran claros, y negros, si oscuros. El doctor Königstein tuvo la amabilidad de someter los ojos del enfermo a detenido examen, y él mismo informará luego sobre lo que ha descubierto.

Me referiré ahora a los otros órganos de los sentidos. Tanto el olfato como el gusto se han perdido por completo del lado izquierdo. Sólo la audición ha permanecido a salvo de la hemianestesia cerebral. Como ustedes recordarán, el oído derecho quedó gravemente dañado en su capacidad de operación desde un accidente que el enfermo sufrió a la edad de ocho años; el oído del lado izquierdo es el mejor; según la amable comunicación que me ha hecho el profesor Gruber, una afección material visible en el tímpano explica la disminución de la audición.

Pasemos ahora a indagar el tronco y las extremidades. También aquí hallamos, empezando por el brazo izquierdo, una anestesia absoluta. Como ustedes ven, puedo atravesar con una fina aguja cualquier pliegue de la piel sin que el enfermo reaccione, Las partes profundas -músculos, tendones, articulaciones-, deben de tener, por fuerza, asimismo, esa extrema insensibilidad, pues puedo retorcer la muñeca, estirar los tendones, sin provocar en el enfermo ninguna sensación. A esta anestesia de las partes profundas se debe que el enfermo, con los ojos vendados, no tenga noción sobre la situación de su brazo izquierdo en el espacio, ni de movimientos que yo imprima a ese miembro. Le vendo los ojos, y le pregunto qué he hecho con su brazo izquierdo. No lo sabe. Lo invito a tomarse con la mano derecha su pulgar, codo y hombro del lado izquierdo. Tienta en el aire, acaso toma la mano que yo le ofrezco en lugar de la suya, y luego confiesa no saber de quién es la mano que apresó.

No puede menos que revestir particular interés averiguar si el enfermo es capaz de hallar las partes de la mitad izquierda de su rostro. Se creería que no habría de resultarle difícil, puesto que la mitad izquierda del rostro está, por así decir, fuertemente pegada a la mitad intacta. Pero el experimento muestra lo contrarío. El enfermo yerta su ojo, lóbulo, etc., izquierdos; y aun parece errar más tocándose con la mano derecha las partes anestésicas de su rostro, que si palpara una parte de un cuerpo ajeno. Y ello no se debe a alguna perturbación de la mano derecha, utilizada por él para palpar, pues ustedes ven cuán segura y rápidamente se toca los puntos que yo le indico de la mitad derecha de su rostro.

La misma anestesia se presenta en el tronco y en la pierna izquierda. Ahí comprobamos que la insensibilidad llega hasta la línea media, o la sobrepasa un poco.

De particular interés me parece el análisis de las perturbaciones motrices que el enfermo muestra en sus miembros anestésicos. Creo que se deben única y exclusivamente a la anestesia. No hay parálisis alguna, por ejemplo en el brazo izquierdo. Un brazo paralizado pende dormido o bien unas contracturas lo mantienen en posiciones fijas. Nada de eso ocurre aquí. Si vendo los ojos al enfermo, el brazo izquierdo guarda la postura que antes había adoptado. Las perturbaciones de la motilidad son variables y dependen de diversas circunstancias. A primera vista, aquellos de ustedes que observaron cómo el enfermo se desvestía con ambas manos, cómo se tapaba su orificio nasal izquierdo con los dedos de la mano izquierda, no habrán recibido la impresión de una perturbación motriz grave. Si se mira mejor, se descubrirá que el brazo izquierdo, y en particular los dedos, se mueven con alguna lentitud y torpeza, como tiesos y con un ligero temblor; no obstante, el enfermo ejecuta cualquier movimiento, aun el más complejo, toda vez que su atención esté desviada del órgano de la motilidad y sólo se dirija a la meta del movimiento. Muy otro es el resultado si le ordeno ejecutar con su brazo izquierdo movimientos separados, sin meta ulterior; por ejemplo, doblar el brazo por la articulación del codo mientras sigue el movimiento con sus ojos. Entonces el brazo izquierdo se muestra mucho más inhibido que antes, el movimiento se efectúa con suma lentitud, de manera incompleta, por etapas, como si fuera preciso vencer una gran resistencia, y con fuerte temblor. Bajo estas circunstancias, los movimientos de los dedos son extraordinariamente débiles. Por último, una tercera y más intensa variedad de perturbación motriz aparece cuando el enfermo debe ejecutar movimientos separados con los ojos cerrados. Es verdad que aun así se obtiene algo con el miembro absolutamente anestésico; bien echan de ver ustedes que la inervación motriz es independiente de las noticias sensibles que normalmente llegan de un miembro por mover; este movimiento, empero, es mínimo, no está dirigido a un segmento particular, y el enfermo no puede comandar su sentido. Pero no crean que esta última variedad de perturbación motriz es una consecuencia necesaria de la anestesia; aquí, justamente, se muestran vastas diferencias individuales. En la Salpétriére hemos observado enfermos anestésicos que con los ojos cerrados conservaban un dominio mucho mayor sobre el miembro perdido para la conciencia. ver nota

La atención desviada y el mirar ejercen idéntico influjo sobre la pierna izquierda. Hoy el enfermo caminó por la calle a mi lado, con paso rápido, durante una hora, sin mirar sus pies al andar, y sólo pude notar que asentaba la pierna izquierda un poco hacia afuera y deslizándola, y a menudo arrastraba el pie por el piso. Pero si le ordeno caminar, se ve obligado a seguir con los ojos cada movimiento de la pierna anestésica, esta se muestra lenta e insegura, y se fatiga muy pronto. Por último, con los ojos cerrados camina con total inseguridad, se desliza hacia adelante con ambos pies pegados al suelo, como lo haría alguno de nosotros en la oscuridad no conociendo el terreno. También le resulta muy difícil mantenerse parado sobre la pierna izquierda; si en esta postura cierra los ojos, se cae en el acto.

Describiré, además, el comportamiento de los reflejos. Estos son en general más vivos que lo normal, y por otra parte están poco coordinados entre sí. Los reflejos del tríceps y flexionarios son marcadamente más vivos en la extremidad derecha, no anestésica; el reflejo patelar parece más acusado del lado izquierdo, en tanto que el reflejo del tendón de Aquiles es igual en ambos lados. También es posible producir una muy leve respuesta patelar, más nítida en el pie derecho. Faltan los reflejos cremastéricos; en cambio, son vivos los abdominales, enormemente acrecentado el del lado izquierdo, de suerte que el más ligero roce sobre un lugar de la piel del vientre provoca una contracción máxima del rectus abdominis izquierdo.

Como corresponde al cuadro de una hemianestesia histérica, nuestro enfermo muestra también lugares dolorosos, sea espontáneamente o a la presión, en partes de su cuerpo que de ordinario son insensibles -las llamadas «zonas histerógenas» si bien en este caso no presentan un nexo acusado con la provocación de los ataques. Así, el nervio trigémino, cuyas ramas terminales (como antes lo he mostrado) son sensibles a la presión, es la sede de una de estas zonas histerógenas; además, una zona estrecha en la fosa cervical media izquierda, una banda más amplia en la pared izquierda del tórax (donde la piel conserva sensibilidad), la porción lumbar de la columna vertebral y la parte media del hueso sacro (la piel sobre la primera es igualmente sensible); por último, el cordón espermático izquierdo es muy sensible al dolor, y esta zona se continúa, siguiendo la trayectoria del cordón espermático, dentro de la cavidad abdominal, hasta el lugar que en las mujeres tan a menudo es la sede de las «ovaralgias».

Tengo que agregar aún dos puntualizaciones sobre las desviaciones de nuestro caso respecto del cuadro típico de la hemianestesia histérica. La primera es que tampoco la mitad derecha del cuerpo del enfermo está a salvo de anestesias que, empero, no son de alto grado y parecen afectar meramente a la piel. Así, hay una zona de disminuida sensibilidad al dolor (y a la temperatura) sobre el hombro derecho, y otra pasa como una franja en torno del extremo periférico del antebrazo; la pierna derecha es hipoestésica en el lado externo del muslo y en la parte posterior de la pantorrilla.

Una segunda puntualización es que la hemianestesia muestra en nuestro enfermo, muy nítidamente, un carácter lábil. Así, en un examen de sensibilidad eléctrica, volví sensible, contra mi propósito, una parte de la piel sobre el codo izquierdo; y en repetidos exámenes conseguí extender las zonas dolorosas al tronco, y hacer variar la intensidad de las perturbaciones en el sentido de la vista. En esta labilidad de la perturbación sensible baso mi esperanza de devolver al enfermo en breve tiempo su sensibilidad normal.

Freud, S. - Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad

Nota introductoria

Las fantasías delirantes de los paranoicos, que tienen por contenido la grandeza y los padecimientos del yo propio, y afloran en formas totalmente típicas, casi monótonas, son universalmente conocidas. Además, innumerables comunicaciones nos han familiarizado con las raras escenificaciones bajo las cuales ciertos perversos obtienen su satisfacción sexual -en la idea o en la realidad-. En cambio, a muchos puede sonarles a novedad enterarse de que formaciones psíquicas en un todo análogas se presentan de manera regular en todas las psiconeurosis, en especial la histeria, y de que en ellas -las llamadas fantasías {Phantasie} histéricas- se pueden discernir importantes nexos para la causación de los síntomas neuróticos.

Fuentes comunes y arquetipo normal de todas estas creaciones de la fantasía son los llamados sueños diurnos de los jóvenes, que ya han sido objeto de cierta atención, si bien insuficiente, en la bibliografía. (ver nota) Siendo su frecuencia quizás igual en ambos sexos, parecen ser enteramente eróticos en muchachas y señoras, y en los varones, de naturaleza erótica o ambiciosa. Sin embargo, no sería lícito relegar a un segundo plano el valor del factor erótico aun en los varones; es que profundizando en sus sueños diurnos por lo común se averigua que han realizado todas esas hazañas y conseguido esos logros sólo para agradar a una mujer y para que ella los prefiera a otros hombres. (ver nota) Estas fantasías son unos cumplimientos de deseo engendrados por la privación y la añoranza; llevan el nombre de «sueños diurnos» con derecho, pues proporcionan la clave para entender los sueños nocturnos, el núcleo de cuya formación no es otro que estas fantasías diurnas complicadas, desfiguradas y mal entendidas por la instancia psíquica conciente. (ver nota)

Esos sueños diurnos son investidos con un interés grande, se los cultiva con esmero y las más de las veces se los reserva con vergüenza, como si pertenecieran al más íntimo patrimonio de la personalidad. Ahora bien, es fácil reconocer por la calle al que va inmerso en su sueño diurno: se sonríe de manera repentina, como ausente; conversa consigo mismo o apresura su andar hasta correr casi con lo cual marca el punto culminante de la situación ensoñada.

Todos los ataques histéricos que he podido indagar hasta ahora probaron ser unos tales sueños diurnos de involuntaria emergencia. En efecto, la observación no deja subsistir duda alguna: de estas fantasías, las hay tanto inconcientes como concientes, y tan pronto como han devenido inconcientes pueden volverse también patógenas, vale decir, expresarse en síntomas y ataques. En circunstancias propicias, empero, es posible capturar con la conciencia alguna de estas últimas. Una de mis pacientes, a quien yo había puesto sobre aviso en cuanto a sus fantasías, me refirió que cierta vez se encontró llorando por la calle y, meditando enseguida sobre el motivo, apresó la fantasía de que había entablado una relación tierna con un virtuoso pianista notorio en la ciudad (aunque no lo conocía personalmente), quien le había dado un hijo (ella no los tenía) y luego la abandonó a su suerte, dejándolos en la miseria a ella y al niño. En este pasaje de la novela le acudieron las lágrimas.

Las fantasías inconcientes pueden haberlo sido desde siempre, haberse formado en lo inconciente, o bien -caso más frecuente- fueron una vez fantasías concientes, sueños diurnos, y luego se las olvidó adrede, cayeron en lo inconciente en virtud de la «represión». En esta segunda alternativa su contenido pudo seguir siendo el mismo o experimentar variaciones, de suerte que la fantasía ahora inconciente sea un retoño de la antaño conciente. Por otra parte, la fantasía inconciente mantiene un vínculo muy importante con la vida sexual de la persona; en efecto, es idéntica a la fantasía que le sirvió para su satisfacción sexual durante un período de masturbación. El acto masturbatorio (en el sentido más lato: onanista) se componía en esa época de dos fragmentos: la convocación de la fantasía y la operación activa de autosatisfacción en la cima de ella. Como es sabido, esta composición consiste en una soldadura. (ver nota) Originariamente la acción era una empresa autoerótica pura destinada a ganar placer de un determinado lugar del cuerpo, que llamamos erógeno. Más tarde esa acción se fusionó con una representación-deseo tomada del círculo del amor de objeto y sirvió para realizar de una manera parcial la situación en que aquella fantasía culminaba. Cuando luego la persona renuncia a esta clase de satisfacción masturbatoria y fantaseada, la fantasía misma, de conciente que era, deviene inconciente. Y si no se introduce otra modalidad de la satisfacción sexual, si la persona permanece en la abstinencia y no consigue sublimar su libido, vale decir, desviar la excitación sexual hacia una meta superior, está dada la condición para que la fantasía inconciente se refresque, prolifere y se abra paso como síntoma patológico, al menos en una parte de su contenido, con todo el poder del ansia amorosa.

Para toda una serie de síntomas histéricos, entonces, las fantasías inconcientes son los estadios psíquicos previos más próximos. Los síntomas histéricos no son otra cosa que las fantasías inconcientes figuradas mediante «conversión», y en la medida en que son síntomas somáticos, con harta frecuencia están tomados del círculo de las mismas sensaciones sexuales e inervaciones motrices que originariamente acompañaron a la fantasía, todavía conciente en esa época. De esta manera en verdad es deshecha la deshabituación del onanismo; y la meta última de todo el proceso patológico, restablecer la satisfacción sexual en su momento primaria, si bien nunca se consuma así, es alcanzada siempre en una suerte de aproximación.

El interés de quien estudia la histeria abandona pronto los síntomas para dirigirse a las fantasías de las cuales proceden. La técnica psicoanalítica permite, primero, colegir desde los síntomas estas fantasías inconcientes y, luego, hacer que devengan concientes al enfermo. Y por este camino se ha descubierto que el contenido de las fantasías inconcientes de los histéricos se corresponde en todos sus puntos con las situaciones de satisfacción que los perversos llevan a cabo con conciencia; y si uno es afecto a esa clase de ejemplos, no tiene más que recordar las escenificaciones a que en el teatro de la historia universal se entregaron a los césares romanos, cuya locura desde luego sólo fue posible por el ¡limitado poderío de quienes creaban tales fantasías. También las formaciones delirantes de los paranoicos son unas fantasías de esa índole, si bien han devenido concientes de manera inmediata; sus portadores son los componentes sado-masoquistas de la pulsión sexual. Y de igual modo pueden hallar sus cabales correspondientes en ciertas fantasías inconcientes de los histéricos. Por otra parte, es notorio el caso, que reviste importancia práctica, de histéricos que no expresan sus fantasías en síntomas, sino en una realización conciente, y así fingen y ponen en escena atentados, maltratos, agresiones sexuales.

Todo cuanto puede averiguarse acerca de la sexualidad de los psiconeuróticos se obtiene por este camino de la indagación psicoanalítica, que lleva desde los llamativos síntomas hasta las fantasías inconcientes escondidas; y entre eso averiguable, también el hecho cuya comunicación pretendo situar en el primer plano de esta pequeña publicación provisional.

El nexo de las fantasías con los síntomas no es simple, sino múltiple y complejo, probablemente a consecuencia de las dificultades con que tropieza el afán de las fantasías inconcientes por procurarse una expresión. (ver nota) Por regla general, o sea, dado un desarrollo completo y un prolongado lapso de permanencia en la neurosis, un síntoma no corresponde a una única fantasía inconciente, sino a una multitud de estas; por cierto que ello no de una manera arbitraria, sino dentro de una composición sujeta a leyes. Es muy posible que al comienzo del caso clínico no se encuentren desarrolladas todas esas complicaciones.

En vista de su interés general, me extralimito del tema de esta comunicación para insertar una serie de fórmulas que se empeñan en agotar progresivamente la naturaleza de los síntomas histéricos. Ellas no se contradicen entre sí, sino que corresponden en parte a versiones más completas y deslindadas, en parte a la aplicación de puntos de vista diferentes.

1. El síntoma histérico es el símbolo mnémico de ciertas impresiones y vivencias (traumáticas) eficaces.

2. El síntoma histérico es el sustituto, producido mediante «conversión», del retorno asociativo de esas vivencias traumáticas.

3. El síntoma histérico es -como lo son también otras formaciones psíquicas- expresión de un cumplimiento de deseo.

4. El síntoma histérico es la realización de una fantasía inconciente al servicio del cumplimiento de deseo.

5. El síntoma histérico sirve a la satisfacción sexual y figura una parte de la vida sexual de la persona (en correspondencia con uno de los componentes de la pulsión sexual).

6. El síntoma histérico corresponde al retorno de una modalidad de la satisfacción sexual que fue real en la vida infantil y desde entonces fue reprimida.

7. El síntoma histérico nace como un compromiso entre dos mociones pulsionales o afectivas opuestas, una de las cuales se empeña en expresar una pulsión parcial o uno de los componentes de la constitución sexual, mientras que la otra se empeña en sofocarlos. (ver nota)

8. El síntoma histérico puede asumir la subrogación de diversas mociones inconcientes no sexuales, pero no puede carecer de un significado sexual.


Entre estas diferentes definiciones, es la séptima la que expresa de manera más exhaustiva la naturaleza del síntoma histérico como realización de una fantasía inconciente; y, junto con la octava, es la que aprecia de manera correcta el significado del factor sexual. Muchas de las fórmulas precedentes están contenidas en esta como estadios previos.

A consecuencia de este nexo entre síntomas y fantasías, no resulta difícil alcanzar, desde el psicoanálisis de los síntomas, la noticia sobre los componentes de la pulsión sexual que gobiernan al individuo, tal como lo expuse en mis Tres ensayos de teoría sexual [1905d]. Ahora bien, esta indagación arroja, para muchos casos, un resultado inesperado. Muestra que la resolución mediante una fantasía sexual inconciente, o mediante una serie de fantasías de las cuales una, la más sustantiva y originaria, es de naturaleza sexual, no basta respecto de numerosos casos de síntomas; para la solución de estos hacen falta dos fantasías sexuales, de las que una posee carácter masculino y femenino la otra, de suerte que una de esas fantasías corresponde a una moción homosexual. La tesis expresada en la fórmula 7 no es afectada por esta novedad; por tanto, un síntoma histérico corresponde necesariamente a un compromiso entre una moción libidinosa y una moción represora, pero además de ello puede responder a una reunión de dos fantasías libidinosas de carácter sexual contrapuesto.

Me abstengo de ejemplificar esta tesis. La experiencia me ha enseñado que análisis breves, comprimidos en un extracto, nunca pueden causar la impresión demostrativa con miras a la cual se los aduce. Y en cuanto a la comunicación de casos clínicos analizados en plenitud, debo reservarla para otro lugar.

Me conformo, pues, con enunciar la tesis y elucidar su significado:

9. Un síntoma histérico es la expresión de una fantasía sexual inconciente masculina, por una parte, y femenina, por la otra.

Señalo de manera expresa que no pretendo para esta tesis la validez universal que he reclamado para las otras fórmulas. Por lo que yo puedo ver, no se aplica ni a todos los síntomas de un caso ni a todos los casos. Por el contrario, no, es difícil pesquisar casos en que las mociones contrapuestas han hallado una expresión sintomática separada, de suerte que los síntomas de la heterosexualidad y de la homosexualidad pueden dividirse de manera tan neta como las fantasías ocultas tras ellos. No obstante, el nexo que la novena fórmula asevera es bastante frecuente y, donde se presenta, lo bastante significativo para merecer que se lo destaque en particular. A mi entender, implica el estadio más alto de complicación a que puede llegar el determinismo de un síntoma histérico, y por tanto sólo es dable encontrarlo si la neurosis ha persistido largo tiempo y se ha producido dentro de ella un gran trabajo de organización. (ver nota)

El significado bisexual de síntomas histéricos, demostrable por lo menos en numerosos casos, es por cierto una prueba interesante de la aseveración, por mí sustentada, de que la disposición bisexual que suponemos en los seres humanos se puede discernir con particular nitidez en los psiconeuróticos por medio del psicoanálisis. (ver nota) Un proceso por entero análogo en este mismo campo es el que sobreviene cuando el masturbador, en sus fantasías concientes, intenta compenetrarse empáticamente tanto con el varón como con la mujer de la situación representada; también en este caso hallamos correspondientes en ciertos ataques histéricos en que la enferma juega al mismo tiempo los dos papeles de la fantasía sexual que está en la base. Por ejemplo, como en un caso observado por mí, con una mano aprieta el vestido contra el vientre (en papel de mujer), y con la otra intenta arrancarla (en papel de varón). (ver nota) Esta simultaneidad contradictoria da razón, en buena parte, del carácter incomprensible de la situación, empero tan plásticamente figurada en el ataque, y es por eso adecuadísima para ocultar la fantasía inconciente eficaz.

En el tratamiento psicoanalítico es muy importante estar preparados para el significado bisexual de un síntoma. Luego no hay que asombrarse ni despistarse si un síntoma permanece en apariencia incólume por más que ya se haya resuelto uno de sus significados sexuales. Es que todavía se apoya en el significado contrapuesto, quizá no conjeturado. También puede observarse en el tratamiento de estos casos cómo el enfermo se sirve, en el curso del análisis de uno de los significados sexuales, del cómodo expediente de hacer continuos esguinces con sus ocurrencias pasando al campo del significado contrario como si fuera una vía contigua.

Los mitos en el psicoanálisis: La pulsión.

La creación de mitos siempre ha sido necesaria en las culturas para redefinir orígenes, recrear historias, darle sentido a las culturas.
Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, no desconocía el valor del mito, incluso como agente de transformación social, es por eso que llega a crear una mitología para fundamentar el origen del sujeto del inconsciente, el sujeto psíquico, realizando una especie de lógica psicomitológica a partir de conceptos fundamentales como el de la pulsión. .
A muchos psicoanalistas le incomoda hacer uso de la pulsión, a unos porque les parece un termino muy biológico, una etapa que hay que olvidar en Freud; a otros porque les parece un termino muy alejado de la ciencia, una especie de mito del que hay que alejarse porque ha costado mucho trabajo y sigue costando demasiado, introducir al psicoanálisis dentro de las disciplinas científicas. La idea en este trabajo es mostrar que tanto los unos como los otros tienen razón. Freud casi siempre que hablaba de pulsión se apoyaba en la biología de su época, ahí su carácter mítico, ¿qué más mítico que creer que todo los que nos aqueja, duele y sentimos proviene de nuestro cuerpo, de unas neuronas o para ir más allá, de nuestros genes?
Ir hasta el origen, así sea por Tótem o por genes, e sir al origen, lo cual no es otra cosa que el encuentro con el mito.
Todo mito (así sea el genético) tiene su valor de verdad, en eso es válido traer la frase del psicoanalista francés Jacques Lacan, cuando dice que todo mito tiene su valor de verdad porque la verdad sólo puede expresarse en forma mítica. (Lacan, 1952).
El mito no debe considerarse solamente como un relato fantasioso y carente de verdad, el mito posee la virtud de hacer resonar verdades que de otro modo no pueden ser dichas, por eso Lacan muy tempranamente en su obra nos habla del mito como aquello que se encuentra en la experiencia analítica y como este puede decir algo de la verdad en un sujeto
“Se trata de algo que intentaremos expresar en una fórmula esencial que muestra como en el seno de la experiencia analítica se encuentra algo que hablando con propiedad, se denomina, mito. El mito es precisamente lo que puede ser definido como otorgando una fórmula discursiva a esa cosa que no puede transmitirse al definir a la verdad, ya que la definición de la verdad sólo se apoya sobre sí misma, y la palabra progresa por sí misma, y es en el dominio de la verdad, donde ella se constituye” (Lacan, 1952)
El mito sirve de soporte a una realidad de un sujeto en una cultura, soporte que vendría a ser valedero para esos sujetos en esa cultura, por eso el psicoanalista André Green acudiendo al psicoanalista Winncicott, lo llama, el objeto transicional colectivo (Green, 2005). Por medio de esta mitología esos sujetos podrían aproximarse a la verdad, la de ellos, una verdad cultural, aquí hay que traer a colación otra frase de Lacan el cual dice que “La verdad tiene estructura de ficción” (Lacan, 1968 – 1969)
Así como el sujeto y la cultura han necesitado de los mitos para hablar de un origen, de un nacimiento, de una constitución, así el psicoanálisis no puede escapar a la construcción de su propia mítica al hablar de la fundación de un sujeto, de su psiquismo, y es ahí donde Freud descubre la dimensión del mito.
La psicomitología freudiana aunque suene paradójico (por aquello de la exclusión del mito – falsedad de la verdad - ciencia) va a fundamentar una epistemología que a su vez es el núcleo de esa disciplina llamada psicoanálisis o como el mismo Freud la definió, llamándola “metapsicología.” La lógica mitológica o metapsicología va a girar sobre unos pilares que son el inconsciente, la represión, la transferencia y la pulsión.
Precisamente el inconsciente y la pulsión van a poseer un estatuto mítico, primero por su carácter fundador de un psiquismo inconsciente y pulsional (sujeto del inconsciente y sujeto de pulsiones), segundo, debido a que el inconsciente como la pulsión no son posibles de conocerse directamente, de ellas sólo es posible saber por medio de sus representaciones, es más, si se pudiera definir el psiquismo desde le psicoanálisis con una sola palabra, esta podría ser “representación”. Las representaciones son primeramente para la teoría psicoanalítica huellas mnémicas, recuerdos e impresiones inconscientes que se van constituyendo mediante investiduras; sin entrar a profundizar sobre toda estos conceptos (que no es más que la metapsicología, lo cual no sólo una tarea extensa sino compleja) todo esto nos remite al origen del sujeto psíquico y como este se constituye, y en el centro de ese sujeto encontramos a la pulsión.
“La doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, por así decir. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación. En nuestro trabajo no podemos prescindir ni un instante de ellas, y sin embargo nunca estamos seguros de verlas con claridad. Ustedes conocen el modo en que el pensamiento popular se maneja con las pulsiones. Supone tantas, y de tan variadas clases, como necesita: una pulsión de reconocimiento por los demás, de imitación, de juego, de socialidad, y muchas otras de este tipo. Podría decirse que las toma, espera a que realicen su particular trabajo, y las vuelve a dejar. Desde siempre tuvimos la vislumbre de que tras esas múltiples y pequeñas pulsiones tomadas en préstamo se ocultaba algo serio y poderoso, algo a lo que debíamos acercarnos con precaución” (Freud, 1932)
La pulsión es como ese eslabón perdido que enlaza muchos aspectos, por eso Freud la define como el nexo, la ligazón entre lo anímico y lo corporal, entre lo psíquico y lo somático, pero avanzando un poco más allá, la pulsión es el nexo entre el individuo y lo social, es aquello que sostiene lo subjetivo, es ese quehacer de un sujeto en lo social, lo colectivo y lo cultural, ahí lo mitológico de la cuestión
“En necesario repensar el terreno atribuido a las pulsiones, ya que estas, poco domesticables y menos sensibles de lo que se cree a la acción civilizadora, constituyen el fin último de nuestra acciones y en su esencia son conservadoras, tal como dice Freud. Porque ahí donde nos sorprende o choca el comportamiento de nuestros semejantes, ahí donde vemos la actuación cínica y sin reservas de un ilimitado apetito de goce, ahí donde la apropiación de ganancias no reconoce condiciones, ahí donde causa estragos el fanatismo religiosos, ahí donde el poderío rechaza el más mínimo contrapoder, ahí donde la dominación es absoluta, pues bien, ahí habla nuestra mitología: la teoría de las pulsiones, señalada en esa forma por Freud” (Green, 2005)
La imposibilidad de acceder a la pulsión van abonando el terreno de lo mítico, en donde sólo nos toca interpretar “eso que habla” escucharlo (de ahí se fundamenta una teoría y una práctica que desde Freud se llama psicoanálisis.
El mito es la base del inconciente, pero todo mito necesita de unos personajes (como en el teatro) de ahí que Freud recurra a Edipo, hay que entender que el Edipo no es aquello que una mala traducción ha hecho, explicándolo desde la manera más simple y vulgar “el niño se quiere acostar con la mamá, o la niña con el padre”. Este mito sirve para que un sujeto organice sus relaciones familiares; esto es la “singularidad” de su tragedia edípica, la dramática, es decir, el escenario, los personajes, los ropajes que “prestará” como sostén a su deseo, es decir: sus fantasmas. El Edipo es un mito que el psicoanálisis convirtió en moderno, y ese mito ya no sólo puede operar a manera de explicar los orígenes de un sujeto sino también de una colectividad (lo cual Freud trató de realizar en Tótem y Tabú, Porvenir de una Ilusión, Malestar en la Cultura, entre otros), este opera tratando de explicar los laberintos de un sujeto dentro de un contexto familiar y social.
“Para Lacan el inconciente son las ruinas del saber mítico cuya localización es en el inconciente porque la sociedad reprimió a partir de este momento histórico al saber mítico… Para Lacan el inconciente socialmente hablando es la ruina del saber mítico, como el saber mítico fue reprimido advino una interiorización del mito y por eso tenemos el mito individual del neurótico, porque ahora los mitos son individuales porque ha sido reprimido el mito como explicación social, que comienza con la racionalidad de la filosofía antigua en Grecia siglo 5 antes de Cristo. Con el advenimiento de la ciencia moderna no quedó nada”(Eidelzstein)
El mito de Edipo se complementa con la construcción de otro mito llamado el mito del padre de la horda primitiva, este es expuesto y fundamentado en el texto llamado "Tótem y Tabú". En este se comenta el asesinato del padre de la horda primitiva. Tratando de no discutir sobre la veracidad de este relato (para no caer en la discusión ineficaz de veracidad y mito) lo este quiere explicar es que al partir de un asesinato mítico (el del padre de la horda), como los posibles asesinos (los hijos del padre), ingresan en un nuevo orden social. La tarea del psicoanálisis es construir un saber para entender la cultura después de ese asesinato originario o fundante estableciendo un paralelo entre el desarrollo de la cultura y el del sujeto.
La cultura se sostiene de sus representaciones, si estas desaparecen también desaparecerá el acceso al mito, a la pulsión y al inconsciente, por consiguiente de la desaparición al acceso de esa misma cultura. El problema de la ciencia moderna es que elabora relatos cercanos a los mitos (el mito de la genética) pero estos no pueden acceder a ese carácter por su incapacidad de no permitir un lugar para la entrada de un sujeto a una cultura, “ser social”, estos no pueden introducir o “iniciar” aun sujeto dentro de un contexto sociocultural, un “gen” es sólo eso: un gen, en palabras de Lacan, estos “genes” no podrían representar a un sujeto ante nada ni nadie “Un significante es lo que representa a un sujeto ante otro significante”,
Los “genes” podría representar a un sujeto en una cultura solamente que estos se construyeron con una historia, para eso necesita de otros sujetos que hicieran ese trabajo de historización, si esto no llega a suceder, el lazo social de ese “gen” individuo no se sostendría.
Los genes a pesar de su “información”, serían como un “montón de cosas” inútiles, sin sentido. Para que advenga un sentido a ese montón de información necesitaría de algo que lo origine, que lo ordene y lo funde, necesita de la mitología, si ésta no aparece, la genética y otros avances de la “ciencia” sólo podrán autoalimentarse así mismos, sin saciarse jamás, lejanos a esas subjetividades. No por nada los descubrimientos “científicos” poco o nada le dicen a la gente, y por eso es que cada vez la practicas religiosas, místicas, las filosofías orientales y de la nueva era alcanzan más auge, ellas reemplazan los grandes mitos ordenadores de la antigüedad, permitiendo un “sentido” a sus sufrimientos, pesares, dudas e interrogantes.
En el caso del psicoanálisis, el mito opera para darle sentido a un sujeto, para darle sentido a una historia, el Edipo explicaría como se va construyendo esos fantasmas, imaginarios, representaciones, a través de una historia familiar, todas esas conjugaciones permitirá la construcción de un sujeto del inconsciente, de un sujeto pulsional, por eso para el psicoanálisis en cada sujeto existe un mito que a su vez va a constituir y permitir lo social, que no es más que los lazos que establecen esos sujetos del inconsciente y las pulsiones. Si todo esto no es un mito, ¿qué es? Afortunadamente lo es, ya que estos mitos además de permitirle a un sujeto darse un sentido, este a su vez va a poder transformarlo, reelaborándolo, reescribiéndolo, para que así sea transformado ese contexto donde se vincula y realiza lazos con otros sujetos, permitiendo transformaciones sociales. En pocas palabras esto sería lo que Freud llamaría pulsión de vida, lo contrario seria la pulsión de muerte. La pulsión de vida permite ligazones (Freud, Green), lazos (Lacan), vínculos (Bion, Pichón Riviere) o intersubjejtvidad (Kaës). Las de muerte, lo contrario, a que estas no se formen: 

“En algún momento de esta indagación se nos impuso la idea de que la cultura es un proceso particular que abarca a la humanidad toda en su trascurrir, y seguimos cautivados por esa idea. Ahora agregamos que sería un proceso al servicio del Eros, que quiere reunir a los individuos aislados, luego a las familias, después a etnias, pueblos, naciones, en una gran unidad: la humanidad. Por qué deba acontecer así, no lo sabemos; sería precisamente la obra del Eros. Esas multitudes de seres humanos deben ser ligados libidinosamente entre sí; la necesidad sola, las ventajas de la comunidad de trabajo, no los mantendrían cohesionados. Ahora bien, a este programa de la cultura se opone la pulsión agresiva natural de los seres humanos, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno. Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte que hemos descubierto junto al Eros, y que comparte con este el gobierno del universo. Y ahora, yo creo, ha dejado de resultarnos oscuro el sentido del desarrollo cultural. Tiene que enseñarnos la lucha entre Eros y Muerte, pulsión de vida y pulsión de destrucción, tal como se consuma en la especie humana. Esta lucha es el contenido esencial de la vida en general, y por eso el desarrollo cultural puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana” (Freud, 1930)
Freud es claro en el anterior párrafo para decirnos que en la lucha de pulsiones “inmortales” el psicoanálisis debe acompañar a la pulsión de vida, no por que sea buena o mejor que la de muerte, sino porque esta impulsa un proyecto, la vida de un sujeto en una sociedad. El problema es que en la actualidad ese miso sujeto ayudado por cierta ciencia quieren desconocer esos mitos, no quieren saber nada de sus orígenes mitológicos, inconscientes y pulsionales (de vida), para que impere el desconocimiento y el sinsentido de la muerte, por eso el psicoanálisis no es una labor desmitificante, al contrario, mitificante, crea una mitología para sostener la subjetividad, la crea no para oscurecer, sino al contrario, para esclarecer, el origen de un sujeto y la cultura.

Levin, J. - Tramas del lenguaje infantil

El esquema corporal es lo que uno puede decir acerca de su propio cuerpo, la representación que tenemos del mismo. Se ira constituyendo en la evolución psicomotriz del niño (orden evolutivo, temporal)
La imagen corporal es constituyente del sujeto deseante. Se va constituyendo en el devenir histórico de la experiencia subjetiva por lo que se relaciona con la inscripción y la demarcación mnémica. La memoria se inscribe en el cuerpo, constituyendo una marca producto del lenguaje que da la posibilidad de generar imágenes que recubren la falta sin agotarla. El inconciente es singular, incomparable inmedible, propio de cada sujeto.
La imagen corporal se da en el esquema corporal. Ambos conceptos se diferencian pero se relacionan.
El esquema corporal es susceptible de ser medido, posee su lado generalizador y al mismo tiempo su escritura representacional lo constituye como único. Es preconciente y se hace conciente en nuestro cuerpo por medio de un dolor o frio por ejemplo.
El esquema corporal de un niño autista esta perturbado por la carencia de ese otro que no inscribió, no contorneo ese cuerpo, no genero deseo e imágenes, que para ser generados necesitaran de otro que se imagine que allí hay un sujeto y no una cosa.
 
Las reacciones circulares
Cuando el niño domina una acción ya no le interesa hacerla de la misma manera y la repite modificándola y explorando nuevas posibilidades. El esquema de acción implica una conducta repetida de la misma acción.
El niño busca estimulación externa que le permite ejercitar mecanismos innatos y luego adquiridos. La imitación reproduce acciones que ve en el exterior, y se ponen en funcionamiento bajo condiciones ambientales adecuadas.
Las reacciones circulares expresan la idea de repetición de una conducta que tiende a conservarse y a perfeccionarse
  • La Reacción Circular Primaria se producen de una manera fortuita y que el niño tiende a reproducir. El interés está centrado en el propio sujeto que realiza la acción (perfecciona la prensión del objeto que agarra) Son relativas al cuerpo.
  • La Reacción circular Secundaria son acciones exteriores al sujeto, que tienen consecuencias en el medio que les rodea (agita el sonajero) Son resultados fortuitos pero referidos al ambiente. Conservación de fenómenos del mundo externo.
  • La Reacción Circular Tercearia se refieren a resultados en el medio pero el sujeto trata de repetirlos introduciendo modificaciones en ellos. Son experiencias para ver. Hay una exploración y búsqueda de lo que es nuevo en el resultado (golpea el colchón y modifica los golpes) Supone una modificación de un resultado que se ha producido.

Wallon, H. - Del acto al pensamiento

(prólogo)
El niño está preparado desde su nacimiento para estructurar una relación social como necesidad básica donde lo biológico y lo social se fusionan. El desarrollo psicomotor es el soporte sobre el cual se estructura la personalidad. La historia de la interacción del niño con su medio ambiente y la calidad de estos intercambios, determinara su conducta.
 

Wallon distingue y analiza cuatro parámetros fundamentales como procesos relativamente diferenciados de la personalidad: 
  • LA ACTIVIDAD TONICO POSTURAL
  • LOS PROCESOS EMOCIONALES
  • LAS DIFERENTES ETAPAS DE LOS PROCESOS INTELIGENTES 
  • LAS FORMAS CONCRETAS EN QUE EL MEDIO ACUÑA A LA PERSONALIDAD. 
Todo sobre la base de la maduración funcional y orgánica.
 

La emoción se liga a los procesos tónicos posturales (reflejos) desde los primeros meses que indican que hay necesidades no satisfechas o ya colmadas, es la matriz emocional.
Cuando la inhibición interna se va desarrollando, los reflejos del tono muscular se circunscriben como actos adaptados al objeto y como gestos que permiten la comunicación con el otro. La función postural se liga a la emoción, que es la exteriorización de la afectividad. Posibilita nuevos niveles de integración y nuevas conductas: Es la Reacción circular. Es un avance en el aprendizaje sensorio-motor y una exploración del mismo. El efecto se produce internamente y también en los demás.
 

La Emoción es acción sobre el otro y asimilación del otro. La emoción es capaz de generar nuevas estructuras de conocimiento.
El gesto y la actitud son los exponentes del estado emocional interno del individuo. Los gestos serán culturales si suscitan en las reacciones dirigidas a satisfacer sus necesidades y si los adultos atribuyen intenciones a sus conductas.
 

La matriz emocional, que une al niño con la otra persona da los preparativos de la noción de relación: la conciencia original sincrética afectiva. Lo sincrético es cuando una forma o conducta adopta desempeña distintas funciones.
Así el bebé establecerá una simbiosis afectiva con sus cuidadores que le posibilita el desarrollo, una relación tónico emocional.
 

La forma discursiva o simbólica es un salto cualitativo. Con el lenguaje se sustituye lo concreto del objeto por otro que absorbe su significado abstracto en un soporte objetivable, la palabra, que reproduce al objeto ausente.

Trastornos del lenguaje

Trastornos del lenguaje en el niño:
·    Causa neurolingüística (son específicos)
·    Causa sensorial: Es auditiva, como en la hipoacusia que implica la disminución en la audición, por lo que se necesita más sonido para poder discriminar los sonidos.
·    Causa psicológica (en las psicosis y autismos)
·    Causa psico-neuro-lingüística (las digofrenias)
 

Trastornos del lenguaje en el adulto:
·    El adulto, que ha organizado y almacenado la información e interiorizado el lenguaje y sufre un traumatismo orgánico (accidente), dependiendo de la zona lesionada le puede ocasionar una AFASIA o trastorno en el lenguaje (de causa neurolingusitica) que tiene recuperación, posibilidad de reaprendizaje, no es progresiva ni afecta a la inteligencia.
·    Si sufre trastornos espaciales temporales a nivel cortical y del encéfalo hay muerte neuronal y afecta al lenguaje con deterioro cognitivo (causa cognitiva). Se llaman DEMENCIAS y es degenerativa, progresiva y su causa no se determina. Se dan alteraciones en la memoria y otros trastornos secundarios con desubicación y no se producen nuevos aprendizajes.
·    Otros trastornos pueden ser de causa psicológica, como las PSICOSIS.
 

Trastornos del Habla o Palabra: No afectan al pensamiento ni al lenguaje sino al habla. Pueden ser:
·    Dislalias: En el niño es la dificultad que tiene para articular diversos fonemas (sonidos) en el punto y en el modo.
·    Rinolalias: Es una alteración del habla, afecta a algún fonema y a la palabra. El humano tiene cavidades de resonancias faciales. Las fosas nasales (nariz) están por detrás y se cargan de mucosidad.
·    Disorbias: Alteran la articulación de determinados fonemas o de todos.
·    Tartamudez: Alteraciones en el ritmo de la articulación de los fonemas.
 

Trastornos de la voz: La voz es lo que envuelve la palabra, por ella damos cuenta de emociones.
La voz normal se llama EUFONIA. Cuando hay trastornos se produce una DISFONIA, por causas orgánicas, funciónales o psicológicas. La AFONIA es la pérdida total de la voz.

Historiales clínicos - Katharina

En las vacaciones de 189 ... hice una excursión a los Hohe Tauern
como para olvidar por un tiempo la medicina y, en particular, las
neurosis. Casi lo había logrado, cuando cierto día me desvié de la ruta
principal para ascender a un retirado monte, famoso por el paisaje que
ofrecía y por su bien atendido refugio. Llegué, pues, a la cima tras
dura ascensión y, ya recuperado y descansado, quedé absorto en la
contemplación de arrobadoras vistas, tan olvidado de mí que a punto
estuve de no darme por aludido cuando escuché esta pregunta: « ¿El
señor es un doctor?». Pero la pregunta se dirigía a mí, y provenía de
una muchacha de unos dieciocho años que me había servido en el almuerzo
con gesto bastante fastidiado y a quien la posadera llamó por el nombre
de «Katharina». Por su vestido y su porte no podía ser una doméstica,
sino que debía de ser hija o parienta de la posadera.
Ya vuelto en mí, le respondí: «Sí, soy un doctor. ¿Cómo lo sabe?».
«El señor se ha inscrito en el libro de viajeros, y yo me dije que si el
señor doctor tuviera ahora un poquitito de tiempo. . . Es que estoy
enferma de los nervios y ya una vez estuve en casa de un doctor en L.;
es cierto que él algo me ha dado, pero todavía no estoy buena».
Heme ahí de nuevo con las neurosis, pues de otra cosa no podía tratarse en
esta muchacha grande y vigorosa, de gesto apesadumbrado. Me interesó
que las neurosis se hubieran propagado a más de 2.000 metros de altura,
y seguí interrogando.
Reproduzco en lo que sigue la conversación que hubo entre nosotros tal como 
se ha grabado en mi memoria, y le dejo a la paciente su dialecto.
«¿Y de qué sufre usted?».
«Me falta el aire; no siempre, pero muchas veces me agarra que creo que me ahogaré».
A primera vista no suena esto neurótico, pero se me hacía probable que
fuera sólo una designación sustitutiva para un ataque de angustia. Del
complejo de sensación de la angustia resalta de manera indebida un solo
factor, el angostamiento para respirar.
«Tome usted asiento. Descríbame cómo es ese estado de "falta de aire"».
«Se abate de pronto sobre mí. Primero me hace como una opresión sobre los
ojos, la cabeza se pone pesada y me zumba, cosa de no aguantar, y me
mareo tanto que creo que me voy a caer, y después se me oprime el pecho
que pierdo el aliento».
«¿Y no siente nada en la garganta?».
«Se me aprieta la garganta como si me fuera a ahogar».
«¿Y en la cabeza no le sucede nada más?».
«Martilla y martilla hasta estallar».
«Bien; ¿y no siente usted miedo mientras tanto?».
«Siempre creo que me voy a morir; yo de ordinario soy corajuda, ando sola por
todas partes, por el silo y todo el monte abajo; pero cuando es un día
de esos en que tengo aquello no me atrevo a ir a ninguna parte; siempre
creo que alguien está detrás y me agarrará de repente».
Era realmente un ataque de angustia, y por cierto que introducido por los.
signos del aura histérica; o, mejor dicho, era un ataque histérico que
tenía por contenido la angustia. ¿No habría algún otro contenido?
«¿Piensa usted siempre lo mismo, o ve algo frente a sí cuando tiene el ataque?».
«Sí, siempre veo un rostro horripilante; me mira tan espantosamente; yo le tengo miedo».
Ahí se ofrecía, quizás, un camino para avanzar con rapidez hasta el núcleo de la cuestión.
«¿Reconoce usted ese rostro? Creo que será un rostro que usted ha visto realmente alguna vez».
«No».
«¿Sabe usted de dónde provienen sus ataques?».
«No».
«¿Cuándo los tuvo por primera vez?».
«La primera vez fue hace dos años, cuando aún estaba con mi tía en el otro monte. 
Antes tuvo ahí el albergue; ahora estamos aquí desde hace un año
y medio, pero eso me sigue viniendo».
¿Debía emprender aquí un intento de análisis? Por cierto que no me atrevía a trasplantar
la hipnosis a esa altitud, pero quizá lo consiguiera en una simple
plática. Debía arriesgarme. Harto a menudo había discernido la angustia
en muchachas jóvenes como una consecuencia del horror que invade a un
ánimo virginal cuando el mundo de la sexualidad se le abre por primera
vez.
Le dije entonces: «Si usted no lo sabe, yo le diré de dónde creo que le han venido sus ataques.
En algún momento, dos años atrás, usted ha visto o escuchado algo que la embarazó mucho, 
que preferiría no haber visto».
Y ella: «i Cielos, sí! ¡He pillado a mi tío con la muchacha, con Franziska, mi prima!».
«¿Qué historia es esa de la muchacha? ¿No quiere contármela usted? ».
«A un doctor una puede decírselo todo. Sepa, pues, que mi tío, el marido
de mi tía a quien usted ha visto, tenía entonces la posada con mi tía
en el monte X. Ahora se han separado, y yo soy la culpable de que estén
separados, pues por mí se destapó {aufkommen} que él se entiende con Franziska».
«Bien; ¿cómo llegó {kommen} usted a ese descubrimiento? ».
«Fue así. Cierta vez, hace dos años, unos señores habían ascendido allá  
{beraufkommen} y pidieron de comer. La tía no estaba en casa, 
y a Franziska no se la encontraba por ninguna parte; era la que siempre cocinaba. 
Tampoco se hallaba al tío. 
Buscamos por doquier, y entonces el muchacho, Alois, mi primo, dice:
"Al cabo, Franziska está con el padre". Entonces los dos echamos a
reír, pero sin pensar en cosa mala. Vamos al dormitorio que tiene mi
tío, y la puerta está con tranca. Pero me resultó llamativo. Y dice
Alois: "En el pasillo hay una ventana, desde ahí se puede mirar dentro
del dormitorio". Vamos al pasillo. Pero Alois no se anima a la ventana,
dice que tiene miedo. Entonces yo digo:
"¡Ah, muchacho tonto! Voy yo, no tengo miedo ninguno". 
Pero en todo eso yo andaba sin malicia ninguna. Miro adentro, 
el dormitorio estaba bastante oscuro, pero ahí veo al tío y a Franziska, y él yace sobre ella».
«¿Y entonces?».
«Al punto me he apartado de la ventana, me he apoyado en la pared y me
entró la falta de aire que desde entonces tengo; se me nubló el
entendimiento, sentí un peso sobre los ojos y en la cabeza me
martillaban y todo bullía».
«¿Se lo dijo enseguida, ese mismo día, a la tía de usted?».
«Oh, no, no le he dicho nada».
«¿Y por qué se aterró tanto cuando encontró juntos a los dos? ¿Acaso
entendió algo? ¿Se le pasó por la mente lo que ahí sucedía?»,
«Oh, no; en ese entonces no entendí nada, sólo tenía dieciséis años. 
No sé qué me aterró».
«Señorita Katharina: si usted pudiera recordar lo que entonces pasó dentro de
usted, cómo le entró el primer ataque, qué se le pasó entonces por la
cabeza, quedaría sana».
«¡Ah, si pudiera! Pero estuve tan aterrorizada que lo he olvidado todo».
(Esto
quiere decir, traducido al lenguaje de nuestra «Comunicación
preliminar»: El afecto mismo crea al estado hipnoide, cuyos productos
luego se mantienen fuera del comercio {Verkehr} asociativo con el yo-conciencia  

{Ich-Bewusstsein).)
«Dígame usted, señorita; la cabeza que siempre ve cuando le falta el aire, ¿no
será la cabeza de Franziska, como usted la vio entonces?».
«Oh, no; no era tan horripilante, y además es sin duda una cabeza de hombre».
«¿O quizá la de su tío?».
«No he visto su rostro tan nítido, estaba demasiado oscuro en el
dormitorio; y, ¿por qué habría puesto en ese momento una cara tan
espantosa?».
«Tiene razón». (De pronto pareció
extraviado el camino. Quizá se encuentre algo en lo que sigue del
relato.) «¿Y qué sucedió después?».
«Pues, que los dos han de haber escuchado ruido. Enseguida salieron  
{berauskommen}. Yo estuve muy mal todo el tiempo, no podía dejar 
de pensar y pensar; dos días después fue domingo, hubo mucho que hacer, 
trabajé el día entero, y el lunes por la mañana sentí de nuevo el mareo y vomité 
y permanecí en cama, y vuelta y vuelta a los vómitos durante tres días».
A menudo habíamos comparado [Breuer y yo] la sintomatología histérica con
una escritura figural que, tras descubrir algunos casos bilingües,
atinábamos a leer. En ese alfabeto, vómito significa asco. Le dije
entonces: «Si usted tres días después vomitó, creo que en ese momento,
cuando miró dentro del dormitorio, usted sintió asco».
«Sí, asqueada tengo que haber estado», dice pensativa. «Pero, ¿de qué?».
«¿Quizá vio algún desnudo? ¿Cómo estaban las dos personas en el dormitorio?'».
«Estaba demasiado oscuro para ver algo, y los dos estaban con ropa puesta. 
¡Ah, si supiera qué me dio asco en ese momento! ».
Tampoco yo lo sabía. Pero la exhorté a seguir contando lo que se le ocurriera,
con la expectativa cierta de que fuese justamente lo que me hacía falta
para esclarecer el caso.
Informa entonces que por fin comunicó a su tía, quien la hallaba cambiada 
y sospechaba algún secreto, lo que había descubierto; siguieron escenas muy afligentes
entre tío y tía; los niños escucharon cosas que les abrieron los ojos
sobre muchos puntos, y que mejor no hubieran escuchado; hasta que la
tía se decidió a tomar a su cargo esta otra posada, con sus hijos y
sobrina, y dejar sólo al tío con Franziska, que entretanto había
quedado embarazada. Pero luego, para mi asombro, ella abandona este
hilo y empieza a contar dos series de historias más antiguas, que se
remontaban de dos a tres años atrás del momento traumático. La primera
serie contiene ocasiones en que ese mismo tío la asediaba sexualmente a
ella, cuando sólo tenía catorce años. Cómo cierta vez hace con él una
excursión al valle, y allí pernocta en la posada. El se quedó bebiendo
y jugando a las cartas en el salón, a ella le vino sueño y se fue
temprano a la habitación que les habían asignado a ambos. No dormía muy
profundamente cuando él subió (hinaufkommeiz}; después
se volvió a dormir, y de repente se despertó y «sintió su cuerpo» en la
cama. Se levantó de un salto y le hizo reproches: «¿Qué haces, tío?
¿Por qué no te quedas en tu cama?». El intentó engatusarla: «Anda,
muchacha tonta, quédate quieta; tú no sabes qué bueno es eso». - «No me
gusta lo bueno de usted, ni siquiera dormir la dejan a una». Permaneció
de pie junto a la puerta, lista para escapar al pasillo, hasta que él
desistió y se durmió a su vez. Entonces ella se metió en la cama y
durmió hasta la mañana. Por la modalidad de defensa de que ella
informa, parece desprenderse que no discernió claramente el ataque como
sexual; preguntada si sabía qué quería hacer él con ella, respondió:
«En ese tiempo no»; sólo mucho después se le volvió claro. Refiere que
se resistió porque le resultaba desagradable que la molestaran cuando
dormía y «porque eso no se hace».
Me he visto precisado a informar en detalle sobre este episodio porque posee gran
significatividad para entender todo lo que siguió. - Luego cuenta otras
vivencias de un tiempo algo posterior, cómo otra vez tuvo que
defenderse de él en una posada, cuando estaba totalmente bebido, etc. A
mi pregunta sobre sí en esas ocasiones sintió algo semejante a la
posterior falta de aire,. responde con precisión que todas las veces
tuvo la presión sobre los ojos y sobre el pecho, pero ni con mucho tan
intensa como en la escena del descubrimiento.
Inmediatamente después de concluida esta serie de recuerdos empieza a referir una
segunda, en la que se trata de oportunidades en que algo le llamó la
atención entre su tío y Franziska.
Cómo una vez toda la familia pasó la noche vestida en un pajar y ella de 
pronto se despertó a causa de un ruido; creyó notar que su tío, que yacía entre ella y
Franziska, se movía de sitio y Franziska se estaba acostando. Cómo otra
vez pernoctaron en una posada de la aldea N., ella y su tío en una
habitación, Franziska en otra contigua. A la noche se despertó de
repente y vio una figura larga y blanca junto a la puerta, en tren de
bajar el picaporte: «¡Cielos, tío! ¿Es usted?
¿Qué hace
en la puerta?». -«Quédate tranquila, sólo buscaba algo». - «Es que se
sale por la otra puerta». - «Me he equivocado», etc.
Le pregunto sí en esa época malició algo. «No, no se me pasó nada por la
cabeza; es cierto que siempre me sorprendía, pero no ataba cabos». - Le
pregunto, también si en esas oportunidades le vino la angustia. Cree
que sí, pero esta vez no está tan segura de ello.
Después que ha terminado estas dos series de relatos toma respiro. Está como
transfigurada; el rostro con expresión de fastidio y pesadumbre se
había animado; tiene los ojos brillantes, está aliviada y renovada. A
mí, entretanto, se me abrió el entendimiento de su caso; lo último que
me acaba de referir, en apariencia sin plan alguno, explica
excelentemente su comportamiento en la escena del descubrimiento.
Llevaba dentro de sí dos series de vivencias que ella recordaba, pero
no entendía ni valorizaba en conclusión ninguna; a la vista de la
pareja copulando se estableció al instante la conexión de la impresión
nueva con esas dos series de reminiscencias; empezó a comprender y, al
mismo tiempo, a defenderse. Luego siguió un breve período de acabado,
de «incubación», y se instalaron los síntomas de la conversión, el
vómito como sustituto del asco moral y psíquico. Con ello quedaba
solucionado el enigma; no le dio asco la visión de aquellos dos, sino
un recuerdo que esa visión le evocó, y, bien ponderadas todas las
cosas, sólo podía ser el recuerdo del asalto nocturno, cuando ella
«sintió el cuerpo del tío».
Le dije, pues, tras terminar ella su confesión: «Ahora ya sé lo que se le pasó por la
cabeza cuando miró dentro del dormitorio. Usted ha pensado: "Ahora hace
con ella lo que aquella noche, y las otras veces, quería hacer
conmigo". Eso le dio asco porque usted se acordó de la sensación que
tuvo cuando a la noche se despertó y sintió su cuerpo».
Ella responde: «Muy bien puede ser que eso me diera asco y se me pasara 
eso por la cabeza».
«Ahora dígame con exactitud; ya es una muchacha crecida, y lo sabe todo».
«Ahora sí, claro está».
«Dígame entonces con exactitud: ¿qué fue lo que sintió de su cuerpo aquella noche?».
Pero ella no da una respuesta precisa; sonríe turbada y como convicta y
confesa, como uno que debe admitir que ahora se ha llegado {kommen} a
la raíz de las cosas, sobre la cual ya no cabe decir mucho más. Puedo
imaginarme cuál fue la sensación táctil que más tarde aprendió a
interpretar; su gesto paréceme decir que presupone que yo me imagino lo
correcto, pero ya no puedo seguir ahondando en ella; sólo me resta
agradecerle que resulte tanto más fácil hablar con ella que con las
mojigatas damas de mí práctica urbana, para quienes todas las cosas
naturales son obscenas.
Con esto estaría aclarado el caso; pero, un momento: ¿de dónde proviene 
la alucinación de la cabeza que le provoca pavor y es recurrente en el ataque? 
Ahora se lo pregunto. Como si en esta plática se hubiera ensanchado su
entendimiento, responde enseguida: «Sí, ahora lo sé: la cabeza es la de
mi tío, ahora la reconozco; pero no de aquel tiempo. Más tarde, después
que se desataron todas las querellas, mi tío concibió una absurda furia
contra mí; siempre ha dicho que soy la culpable de todo; si no hubiera
soplado, nunca se hubiera llegado {kommen} a la
separación; siempre me ha amenazado con hacerme algo; cuando me vio a
lo lejos, su rostro se desfiguró por la furia y se abalanzó sobre mí
con la mano levantada. Siempre me he escapado de él, y siempre con la
mayor angustia de que me atrapara de improviso en algún lado. El rostro
que yo ahora veo siempre es su rostro cuando estaba furioso».
Esta noticia me hace acordar de que el primer síntoma de la histeria, el
vómito, ha pasado ya; el ataque de angustia permaneció y se llenó con
el nuevo contenido. Según eso, se trata de una histeria ya
abreaccionada en gran parte. Es que, en efecto, ella ha comunicado su
descubrimiento al poco tiempo a su tía.
«¿Ha contado a su tía también las otras historias, cómo él la asediaba?».
«Sí; no enseguida, pero después, cuando ya se había hablado de divorcio.
Entonces tía dijo: "Esto lo dejamos para más tarde; si opone
dificultades ante la justicia, lo diremos también"».
Puedo comprender que justamente del último tiempo, cuando las escenas
inquietantes en la casa se acumularon, cuando su estado dejó de
despertar el interés de la tía reclamada por la querella; que de ese
tiempo, digo, de acumulación y de retención, quedara el símbolo mnémico
[del rostro alucinado].
Espero que el declararse conmigo haya hecho algún bien a esta muchacha 
tan prematuramente lastimada en su sentir sexual; no la he vuelto a ver.
Epicrisis
Nada podré objetar si en este historial clínico alguien ve menos un caso de
histeria analizada que uno resuelto por mero colegir. Es cierto que la
enferma admitió todo lo que yo interpolé en su informe como verosímil;
empero, no estaba en condiciones de reconocerlo como algo vivenciado.
Opino que para ello habría hecho falta la hipnosis. Si supongo que
colegí rectamente, y ahora intento reducir este caso al esquema de una
histeria adquirida, tal como resultó del caso 3, parece natural
comparar las dos series de vivencias eróticas con unos momentos
traumáticos, y la escena del descubrimiento de la pareja, con un
momento auxiliar.
La semejanza reside en que en las primeras se creó un contenido de conciencia 
que, excluido de la actividad pensante del yo, permaneció guardado, mientras que en la
última escena una nueva impresión fuerza la reunión asociativa de esos
grupos, que se encontraban apartados, con el yo. Por otra parte,
hallamos también divergencias que no pueden ser descuidadas. La causa
del aislamiento no es, como en el caso 3, la voluntad del yo, sino la
ignorancia del yo, que aún no sabe qué hacer con unas experiencias
sexuales. En este aspecto, el caso de Katharina es típico; en el
análisis de cualquier histeria que tenga por fundamento traumas
sexuales, uno halla impresiones de la época presexual que, no habiendo
producido efectos sobre la niña, más tarde cobran, como recuerdos, una
violencia traumática al abrirse para la joven virgen o la esposa el
entendimiento de la vida sexual. La escisión de grupos psíquicos es,
por así decir, un proceso normal en el desarrollo de los adolescentes,
y bien se comprende que su posterior recepción dentro del yo
proporcione una ocasión, aprovechada con harta frecuencia, de
perturbación psíquica. Además, en este lugar manifestaría la duda de
que la escisión de la conciencia por ignorancia se pueda diferenciar
realmente de la producida por desautorización conciente, y de que los
adolescentes no posean un conocimiento sexual con frecuencia mucho
mayor del que se sospecharía en ellos y del que ellos mismos se
atribuyen.
Otra divergencia en el mecanismo psíquico de este caso reside en que 
la escena del descubrimiento, que hemos calificado de «auxiliar», merece 
al mismo tiempo el nombre de «traumática». 
Produce efectos por su propio contenido, no meramente por
despertar vivencias traumáticas preexistentes; reúne los caracteres de
un momento «auxiliar» y de uno traumático.
Pero en esta coincidencia yo no veo razón alguna para abandonar una separación
conceptual que en otros casos corresponde a una temporal. Otra
peculiaridad del caso de Katharina, con la cual empero estamos
familiarizados desde hace mucho, se muestra en que la conversión, la
producción de los fenómenos histéricos, no se cumple enseguida después
del trauma, sino luego de un intervalo de incubación. Charcot llamaba
de preferencia a ese intervalo la «época de la elaboración [élaboration] psíquica».
La angustia que Katharina padecía en sus ataques es histérica, es decir,
una reproducción de aquella angustia que emergió en cada uno de los
traumas sexuales. Omito elucidar aquí el proceso que he discernido como
el que sobreviene de una manera regular en un número enormemente grande
de casos, a saber, la vislumbre de vínculos sexuales produce en
personas virginales un afecto de angustia.

Historiales clínicos - Elisabeth von R.

En el otoño de 1892, un colega de mi amistad me pidió que examinase a una joven dama que
desde hacía más de dos años padecía de dolores en las piernas y caminaba mal. -Agregó a su
solicitud que consideraba el caso como una histeria, aunque no se hallara en él nada de los
signos habituales de la neurosis. Conocía un poco a la familia y sabía que en los últimos años
se habían abatido sobre ella muchas desdichas y muy pocas cosas alegres le pasaban.
Primero había muerto el padre de la paciente; luego su madre debió someterse a una seria
operación de los ojos, y poco después una hermana casada sucumbió, tras un parto, a una
vieja dolencia cardíaca. En todas esas penas y todo ese cuidar enfermos nuestra paciente
había tenido la mayor participación.
No avancé mucho más en el entendimiento del caso después que hube visto por primera vez a
esta señorita de veinticuatro años. Parecía inteligente y psíquicamente normal, y sobrellevaba
con espíritu alegre su padecer, que le enervaba todo trato y todo goce; lo sobrellevaba' con la
«belle indifférence»
de los histéricos, no pude menos que pensar yo. Caminaba con la parte
superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyo; su andar no respondía a ninguna
de las maneras de hacerlo conocidas por la patología, y por otra parte ni siquiera era
llamativamente torpe. Sólo que ella se quejaba de grandes dolores al caminar, y de una fatiga
que le sobrevenía muy rápido al hacerlo y al estar de pie; al poco rato buscaba una postura de
reposo en que los dolores eran menores, pero en modo alguno estaban ausentes. El dolor era
de naturaleza imprecisa; uno podía sacar tal vez en limpio: era una fatiga dolorosa. Una zona
bastante grande, mal deslindada, de la cara anterior del muslo derecho era indicada como el
foco de los dolores, de donde ellos partían con la mayor frecuencia y alcanzaban su máxima
intensidad. Empero, la piel y la musculatura eran ahí particularmente sensibles a la presión y el
pellizco; la punción con agujas se recibía de manera más bien indiferente. Esta misma
hiperalgesia de la piel y de los músculos no se registraba sólo en ese lugar, sino en casi todo el
ámbito de ambas piernas. Quizá los músculos eran más sensibles que la piel al dolor;
inequívocamente, las dos clases de sensibilidad dolorosa se encontraban más acusadas en los
muslos. No podía decirse que la fuerza motriz de las piernas fuera escasa; los reflejos eran de
mediana intensidad, y faltaba cualquier otro síntoma, de suerte que no se ofrecía ningún asidero
para suponer una afección orgánica más seria. La dolencia se había desarrollado poco a poco
desde hacía dos años, y era de intensidad variable.
No me resultaba fácil llegar a un diagnóstico, pero fui del mismo parecer que mi colega, por dos
razones. En primer lugar, era llamativo cuán imprecisas sonaban todas las indicaciones de la
enferma, de gran inteligencia sin embargo, acerca de los caracteres de sus dolores. Un
enfermo que padezca de dolores orgánicos, si no sufre de los nervios {ner vós} además de esos
dolores, los describirá con precisión y tranquilidad: por ejemplo, dirá que son lacerantes, le
sobrevienen con ciertos intervalos, se extienden de esta a estotra parte, y que, en su opinión,
los, provoca tal o cual influjo. El neurasténico que describe sus dolores impresiona como si
estuviera ocupado con un difícil trabajo intelectual, muy superior a sus fuerzas. La expresión de
su rostro es tensa y como deformada por el imperio de un afecto penoso; su voz se vuelve
chillona, lucha para encontrar las palabras, rechaza cada definición que el médico le propone
para sus dolores, aunque más tarde ella resulte indudablemente la adecuada; es evidente, opina
que el lenguaje es demasiado pobre para prestarle palabras a sus sensaciones, y estas
mismas son algo único, algo novedoso que uno no podría describir de manera exhaustiva, y por
eso no cesa de ir añadiendo nuevos y nuevos detalles; cuando se ve precisado a interrumpirlos,
seguramente lo domina la impresión de no haber logrado hacerse entender por el médico. Esto
se debe a que sus dolores han atraído su atención íntegra. En la señorita Von R. se tenía la
conducta contrapuesta, y, dado que atribuía empero bastante valor a los dolores, era preciso
inferir que su atención estaba demorada en algo otro -probablemente en pensamientos y
sensaciones que se entramaban con los dolores-.
Pero más determinante todavía para la concepción de esos dolores era por fuerza un segundo
aspecto. Cuando en un enfermo orgánico o en un neurasténico se estimula un lugar doloroso,
su fisonomía muestra la expresión, inconfundible, del desasosiego o el dolor físico; además el
enfermo se sobresalta, se sustrae del examen, se defiende. Pero cuando en la señorita Von R.
se pellizcaba u oprimía la piel y la musculatura hiperálgicas de la pierna, su rostro cobraba una
peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos chillidos -yo no podía menos que
pensar: como a raíz de unas voluptuosas cosquillas-, su rostro enrojecía, echaba la cabeza
hacia atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba hacia atrás. Nada de esto era demasiado
grueso, pero sí lo bastante nítido, y compatible sólo con la concepción de que esa dolencia era
una histeria y la estimulación afectaba una zona histerógena.
El gesto no armonizaba con el dolor que supuestamente era excitado por el pellizco de los
músculos y la piel; probablemente concordaba mejor con el contenido de los pensamientos
escondidos tras ese dolor y que uno despertaba en la enferma mediante la estimulación de las
partes del cuerpo asociadas con ellos. Yo había observado repetidas veces parecidos gestos
significativos a raíz de la estimulación de zonas hiperálgicas en casos seguros de histeria; los
otros ademanes correspondían evidentemente a la insinuación levísima de un ataque histérico.
En cuanto a la desacostumbrada localización de las zonas histerógenas, no se obtuvo al
comienzo esclarecimiento alguno. Además, daba que pensar que la hiperalgesia recayera
principalmente sobre la musculatura. La dolencia más frecuente culpable de la sensibilidad
difusa y local de los músculos a la presión es la infiltración reumática de ellos, el reumatismo
muscular crónico común, cuya aptitud para crear el espejismo de unas afecciones nerviosas ya
mencioné. La consistencia de los músculos doloridos en la señorita Von R. no contradecía este
supuesto; se encontraban muchos tendones duros en las masas musculares, y además
parecían particularmente sensibles. Lo probable, entonces, era que hubiera sobrevenido una
alteración orgánica de los músculos en el sentido indicado, en la cual la neurosis se apuntaló
haciendo aparecer exageradamente grande su valor.
También la terapia partió de la premisa de que se trataba de una enfermedad mixta.
Recomendamos que continuaran los masajes y faradización sistemáticos de los músculos
sensibles, a pesar del dolor que ello producía, y yo me reservé el tratamiento de las piernas con
intensas descargas eléctricas, a fin de poder mantenerme en relación con la paciente. A su
pregunta sobre si debía obligarse a caminar, respondimos con un «Sí» terminante.
Así obtuvimos una mejoría leve. Muy en particular, parecían entusiasmarle los dolorosos golpes
de la máquina inductora, y cuanto más intensos eran, más parecían refrenar sus propios
dolores. Entretanto, mi colega preparaba el terreno para un tratamiento psíquico; cuando, tras
cuatro semanas de seudoterapia, yo lo propuse y di a la enferma alguna información sobre el
procedimiento y su modo de acción, hallé rápido entendimiento y mínima resistencia.
Ahora bien, el trabajo que inicié a partir de ese momento resultó uno de los más difíciles que me
tocaran en suerte, y la dificultad que hallo para informar sobre él es digna heredera de las
dificultades entonces superadas. Por largo tiempo no atiné a descubrir el nexo entre la historia
de padecimientos y la dolencia misma, que empero debía de haber sido causada y determinada
por aquella serie de vivencias.
Al emprender un tratamiento catártico de esta índole, lo primero será plantearse esta pregunta:
¿Es para la enferma consabido el origen y la ocasión {Anlass) de su padecer? En caso
afirmativo, no hace falta de ninguna técnica especial para ocasionar {veranlassen} que
reproduzca su historia de padecimientos; el interés que se le testimonia, la comprensión que se
le deja vislumbrar, la esperanza de sanar que se le instila, moverán a la enferma a revelar su
secreto. En el caso de la señorita Elisabeth, desde el comienzo me pareció verosímil que fuera
conciente de las razones de su padecer; que, por tanto, tuviera sólo un secreto, y no un cuerpo
extraño en la conciencia. Cuando uno la contemplaba, no podía menos que rememorar las
palabras del poeta: «La máscara presagia un sentido oculto».
Al comienzo podía, pues, renunciar a la hipnosis, con la salvedad de servirme de ella más tarde
si en el curso de la confesión hubieran de surgir unas tramas para cuya aclaración no alcanzara
su recuerdo. Así, en este, el primer análisis completo de una histeria que yo emprendiera, arribé
a un procedimiento que luego elevé a la condición de método e introduje con conciencia de mi
meta: la remoción del material patógeno estrato por estrato, que de buen grado solíamos
comparar con la técnica de exhumación de una ciudad enterrada. Primero me hacía contar lo
que a la enferma le era consabido, poniendo cuidado en notar dónde un nexo permanecía
enigmático, dónde parecía faltar un eslabón en la cadena de las causaciones, e iba penetrando
en estratos cada vez más profundos del recuerdo a medida que en esos lugares aplicaba la
exploración hipnótica o una técnica parecida a ella. La premisa de todo el trabajo era, desde
luego, la expectativa de que se demostraría un determinismo {Determinierung} suficiente y
completo; enseguida habremos de considerar los medios para esa investigación de lo profundo.
La historia de padecimiento referida por la señorita Elisabeth era larga, urdida por múltiples
vivencias dolorosas.